RETORNO AL PASADO
Autor: Carlos Aparisi y Guijarro de Luzón.
Introducción de la novela.
Nueva York 14 de septiembre
del año 1984
A
|
bre el cajón donde guarda sus medicamentos. Busca entre las cajas.
La del colesterol, no. Las de los ojos, no. La del azúcar, no. La de la ansiedad, sí. La de la depresión,
sí.
Las esparce en la mesa de la cocina, iluminada por una
luz blanca de neón opuesta a su oscura mente brumosa, dolorida, atormentada,
llena de imágenes que no quisiera discurrieran ante sus ojos medio ciegos. Que
solo ven las sombras oscuras del pasado que la mata. Sombras siniestras que la
persiguen en las pesadillas de noches eternas. Que quisiera borrar de su memoria
porqué la desespera, porqué revive la muerte de unos sentimientos que retuercen
su alma maldita exprimiéndole gotas de sangre. Maldita la hora en que nació.
Maldita la hora en que vivió aquel tormento. En el tiempo en que todo era cruel
como el verdugo ajustando la soga al reo. Crueldad y servida en una bandeja
sucia y mostosa.
Los ojos desorbitados, reclaman un lápiz
insistentemente y un pedazo de papel. Le
roba al calendario el tiempo de una hoja, catorce de septiembre, en la que
escribe temblorosa:
Valentín no
busques, no vaya a ser que lo que encuentres te busque a ti.
Letras altibajas, torcidas las líneas. Luego la sujeta
en el extremo del espejo del recibidor prendida entre el borde del cristal y el
marco. Tropieza con la alfombra y casi cae. Se apoya con ambas manos en la
silla y se dirige de nuevo a la cocina. Va sacando una por una todas las
pastillas de Valium y Prozac, sin contarlas, numerosas, se las mete en la boca
de un puñado. Abre el grifo y llena un vaso de agua que rebosa entre sus dedos
agitados. Bebe hasta que las grageas pasan rasposas su garganta. Traga. Lava el
vaso. Acto reflejo. El azul pálido del diacepám, asemeja el color de un cielo
de primavera sin nubes que promete un olvido temporal, un sueño de descanso con
fecha de caducidad, una tregua, una sensación de tranquilidad y paz fugaz que
jamás sintió, mientras, se retuerce las manos y golpea con los puños impotentes
los azulejos de la pared preguntándose por qué a ella. ¿Por qué tuvo que
ocurrir aquella desgracia que asoló su vida dejando un desierto estéril en el
vergel de su primavera de mujer?
Va al comedor oscuro, ya ha anochecido y no enciende
la luz ¿para qué iba a hacerlo si todo en su vida es una penumbra que resuena
en su mente como eco? A trompicones abre la ventana y coloca una silla que
apoya junto a ella. Se sienta, esperando. La lluvia le salpica. Espera ese adormecimiento
de olvido que le dé la fuerza suficiente para subirse y lanzarse al vacío. Treinta
pisos de caída.
Se empieza a notar mareada. Los ojos se le cierran. “Tiene
que ser ahora, si me duermo no podré saltar al espacio que de fin a mi
existencia”.
Torpemente se coge al borde del marco y sube un pie, después
el otro, tras ello salta. El momento la acompaña millones de veces mas veloz
que su caída. Y es el tiempo limitado de su vida, solo cinco segundos, un libro
en el que está escrita toda su existencia que pasa rápidamente lenta, en una
noche huérfana de estrellas en la que la lluvia es su sola compañía.
El recuerdo de
lo vivido se transporta por su mente en un instante que pesa más que esos cinco
segundos de vida que le restan.
Su camisón blanco se hincha como la bandera ondeante
de un soldado acribillado por las balas. Caída libre. El tiempo parece
estirarse de tal forma que es capaz de ver su vida en perspectiva. Esos cinco
segundos que tardará en llegar al suelo son
suficientes para sentir incluso los sonidos, los colores, los olores familiares de una olla
de cocido puesta al fuego, de todo aquello que quedó prendido en su memoria.
Pasan veloces, casi de puntillas, recuerdos felices de
su infancia. Corriendo con las amigas en desbandada, como pájaros, por los
campos rosados de una vid de otoño, con el pelo desafiando al viento, en su
Utiel natal. La tierra roja, las cepas marrones, casi negras, los ribazos de
piedra clara, el camino de la casa de labranza, las niñas compartiendo la merienda
sentadas en un talud, jugando alborozadas con las piernas como saetas de
segundero, entre risas cantarinas, mientras muerden la cortada de pan untada de
vino y miel.
Está junto a su hermana, sentada en un vagón, camino
de Manises, somnolienta por el traqueteo de un tren que arrulla con su canción a
los viajeros; lleno de anónimos sujetos, unos de paisano, de uniforme otros.
Desorientados unos, tristes otros, contentos los que marchan de permiso lejos
de las balas ladronas de vidas. Caída libre cuando el tren es detenido en las
vías por una patrulla de milicianos. Asustadas, cogidas ferreamente con sus
manos al asiento de madera pulida por mil vidas que se sentaron anteriores,
observan como hacen señas al maquinista para que se detenga. Agitan banderas
rojas y negras interfiriendo la trayectoria de la máquina de vapor que se
detiene lanzando un bufido contrariado de humo blanco y haciendo chirriar sus
ruedas. Unos cuantos suben; desarrapados, con monos azules y en el cuello mostosos
pañuelos que algún día fueron rojos.
–Papeles- piden mientras empujan por los pasillos con
los fusiles a los que están de pie. María Luisa y Consuelo los sacan del
bolsillo de sus camisas. Un miliciano las mira, las compara con la foto.
-La foto no te hace honor,- le dice a María Luisa- ¡Uhm¡
Tufillo a chorizos. ¿De donde vienes?
- De Utiel- responde bajando la mirada.
- Ya se entiende. A ver vente al centro del pasillo.
Insegura se levanta del asiento y su hermana mira
asustada la cintura ancha y redonda, casi sin forma.
-Oye parece que hueles a algo que hace tiempo que no cato.
Y con descaro le toca el vientre abultado. Ella le responde
con un manotazo.
-¡Sin tocar¡- le dice.
-Vaya, vaya, una extraperlista. ¡ Ven conmigo¡
Le tiemblan las manos, farfullea algo a su hermana que
los mira aterrorizada.
En medio del vagón, el miliciano, al que llaman
Valentín, le pide que se abra la blusa. Ella se niega y el la rasga con
violencia. Debajo, enrolladas, cinco vueltas de chorizo, cinco de morcilla y
cinco de longanizas, todas envueltas en papel de estraza. Los dos cordoveses que la acompañan se levantan lanzando
certeros navajazos al corazón del miliciano. Pero antes de que puedan llevar a
cabo su asesino propósito les descerrajan dos tiros. Caen al suelo frente a
Consuelo y otra mujer que se apartan horrorizadas, salpicadas por la sangre de
sus rostros reventados por las balas.
-¡Anda, vamos, baja del tren! . ¡Oye Demetrio, lleva a
esta moza al puesto de guardia¡.
Luego se acerca a los muertos y bajando la ventanilla los
arroja por ella a las vías, como muñecos rotos e inservibles.
Después se acerca a María Luisa y la encañona. Le da un empujón que casi la tira
al suelo y la hace descender violentamente. La cuadrilla se aleja, arrastrándola
por los brazos, dejando un rastro en el polvo del camino.
Caída libre cuando llega al campamento y la introducen
en una casa en ruinas, donde sentados en cajas de munición vacía, unos soldados
harapientos, que se rascan las cabezas invadidas de piojos, juegan con una baraja
vieja entre juramentos y blasfemias.
-Mirar lo que traigo-dice el miliciano-. A joderla toca …una estraperlista. Anda,
tú enséñales lo que llevaba.
Y el otro saca los olorosos embutidos de una saca.
–Joder que suerte- dice uno.-Ya tenemos comida de la
buena, pues no la pondremos gorda, con
tanta carne que nos trae.
Valentín se levanta y se acerca lentamente mirando
fijamente a la joven. Sus ojos casi juntos mirándola con lascivia.
-Esta es para mí solo. Al que la toque me lo cargo- y pasa el acero del machete lentamente
por su cuello en un amago de amenaza.
Cogiéndola de la mano la mete en el cuartucho de un
tirón.
–Anda quítate la camisa que quiero verte las tetas.
Se desviste de espaldas, avergonzada, lágrimas
silenciosas, impregnada del sudor que provoca el terror.
Cae su blusa al suelo.
-¡He dicho todo, joder¡
Cae su enagua al suelo.
-¡Venga acelera¡
Cae su vergüenza al suelo.
-¡Ven¡.
Se tapa con las manos y brazos los juveniles pechos redondos terminados en
pequeñas areolas rosadas y el pubis orlado de rubio vello.
Se acerca, la mirada torcida, media sonrisa aguantada
en una colilla apagada. La manosea bruscamente mientras, tras lanzar el cigarro
con un escupitajo amarillento, restriega sus labios en ella , hociqueando los
pechos y mordisqueando sus pezones con el fétido olor de una boca de dientes
podridos y negros de olvidada higiene. De un empujón la tira sobre un jergón
mugriento y se tantea los pantalones entre las piernas, sacando el miembro duro
y grande que impregna el ambiente de un olor ácido de orines y esmegma
blanquecino. Lo frota sobre el pubis, después la penetra. Ansia febril, jadeos,
olor a roña, a sangre seca, a sudor agrio, a mucha mierda. Dura poco aquel
infierno. Se retira con presteza tras vaciarse en ella y levantándose le lanza
una patada al vientre, mientras sacando una pistola le apunta en la cabeza.
María Luisa siente el tubo de acero en la frente, frío, cargado de muerte y
cierra los ojos esperando el fin que la libere de aquel tormento que la mata. Me
ha violado, -piensa, -me ha violado, todo mi ser perdido, me ha violado. Me ha
violado.
Parece que duda al poner su dedo en el gatillo.
-No, mejor no te mato. Te vendrás con nosotros. Esa
será tu condena, te joderé cada día cuando vuelva de matar pacos.
Caída libre cuando tras cinco meses de violaciones se
queda preñada.
Una noche, en que lanzan un ataque los soldados y
queda sola en el campamento, mirando asustada a todos lados por pasar
desapercibida, se escapa. Agazapada corre hacia donde sabe que no la buscarán:
el oeste. Tras cuatro horas de huida cayendo y levantándose, la ropa hecha
jirones de engancharse con los brezos y zarzales. En el camino, escondida tras
unos arbustos ve a un hombre, que conduce
una vieja camioneta y cruzándose en la carretera le da el alto.
-¿Pasa cerca de Estenas?
-Si por allí paso camino de Utiel que es a donde me
dirijo. Anda sube.
Traqueteo silencioso.
-Pare, me apeo aquí.
Cuando llega a la aldea pregunta por su madre.
-Está en casa de “La
Felicitas”.
Vecinas de torvas miradas esquivas y equívocas, de
pena, de la curiosidad que delata su embarazo. Muchas bajan los ojos, otras los
brazos impotentes. Aquellas murmuran, al ver su pobre estado.
-Le han hecho un bombo, la han violado- dice una por
lo bajo.
Luego, el viaje a Manises, a parir a casa de su tía. Inscribe
al niño a los dos días en el Registro Civil.
-¿Cómo le pones?
Lo mira azorada; no se le ocurre un nombre que cubra
su vergüenza y baja los ojos de victima maltrecha, de gorrión asustado.
-¿Cómo se llama el padre?
-Valentín González -dice mirando al suelo.
-Pues ese mismo me vale. Y lo anota.
-Este niño es fruto de una violación. – dice
justificándose.
El hombre encoje los hombres –ya- dice incrédulo.
Estrecha en sus brazos al niño. No entiende sus
sentimientos. Su tía a los cinco días le dice que se marche a casa.
-Vete a Estenas con tu madre que te espera. Yo te lo tengo
hasta que te cases.
Caída libre cuando la separan de él, desgarrada de
dolor. Sigue la guerra causando muertos.
Ha conocido en Valencia, a un soldado muy guapo y con
estudios que había ganado la oposición para juez mientras trabajaba en una
empresa de contratas de obras, ejerciendo de abogado. Nunca ocupó su plaza en
la ciudad de Torrente por culpa de la contienda fraticida que lo enfrentó a los
vencedores.
“Chupatintas” le llaman sus amigos del batallón, pues
va por el frente cargado con una máquina de escribir “Olivetti” escribiendo
partes y mensajes entre los mandos. No le dice nada del crío. Solo cuando
deciden casarse. Entre sollozos le cuenta la historia que la angustia. Tiene diecisiete
años rabiosos de belleza.
-No importa, -dice él, enamorado- mientras aplasta con
su pie un cigarro casi consumido, lleno de ira por lo escuchado.-Cuando nos
instalemos con mis padres lo traemos, Si mi madre quiere, claro…
Caída libre ante el rechazo de sus futuros suegros a
esa boda y a aceptar a ese hijo fruto de la vejación.
–Ya los convenceré. –Dice Francisco.-Ten paciencia.
Se casan en el Juzgado de Manises. En el Registro
Civil los inscriben como marido y mujer, con el consentimiento de su madre,
pues es menor de edad. No pueden hacerlo por la iglesia pues está prohibido por
los comités. Dice que tiene un niño llamado Valentín.
–No es mío- tartamudea tembloroso -pero lo reconoceré-
dice el esposo-y lo anotan en el libro. Los tres en uno nuevo. Valentín como
hijo suyo. Con ello acaba su estigma de madre soltera.
Al final de la guerra, vencedores los nacionales, en
lugar de la licencia se encuentra Francisco con una citación para realizar el
Servicio Militar, dos años en el cuartel de Bétera, pues le sorprendió el
conflicto antes de cumplir con su obligación, en el bando republicano. Cuando
vuelve, intentan regularizar su situación por la iglesia.
-El matrimonio no es válido-, dice el cura -tendréis
que volver a casaros.
El niño ya tiene dos años.
–¿Lo reconoces como tuyo? pregunta el sacerdote
mientras anota en el libro parroquial el matrimonio.
–Lo reconozco -dice dudando, mientras mira avergonzado
de soslayo.
Caída libre al irse de España pues su esposo no puede
ocupar su plaza de juez, ganada en tiempos de la República, pues dicen que no
es válida la oposición en la nueva España. En su lugar colocan a uno de Falange
que combatió con Franco, sin oposición claro.
Su antigua empresa ha desaparecido por la muerte
violenta de los dueños a manos de una horda vociferante y no encuentra trabajo
por no haber combatido en el bando bueno.
-Cosa grave es que seas sargento-le dice el
funcionario uniformado de camisa azul y boina roja.
Emigran a Nueva York, donde se coloca de abogado y
contratista de obras construyendo inmensos rascacielos.
Caída libre al
recordar las vejaciones a las que la sometió “El Campesino” cuando era una
joven de dieciséis años, con todo un océano de vida por delante. Curtida por él
a golpes y patadas. Tratada peor que una perra, temblando en un rincón
esperando asustada su llegada hecha un ovillo.
Caída libre cuando ya casi no se ve y su hijo le
pregunta, quien es su verdadero padre, esgrimiendo enfadado una partida de
nacimiento.
Su cabeza estalla contra los adoquines, con un ruido
sordo, esparciendo los sesos entre el bordillo y el asfalto. Un charco de
sangre roja se diluye con la lluvia. Imposible en la postura. Boca abajo con los
brazos crucificados. Una pierna al revés, de muñeca rota. Su visión de la vida
que ha pasado veloz ante sus ojos se detiene para siempre. Está muerta. Ya no
sufre.
Las sirenas, la policía, un furgón negro que se
detiene en Park Avenue, frente al Waldorf Astoria. Alguien la tapa con una
sábana blanca. La gente que sale del hotel se congrega en torno suyo, acudiendo
como cuervos a la carroña, cobijados en paraguas negros. Todos consternados, en
silencio, haciendo consciente la brevedad de sus vidas. Lo cerca que tienen la
muerte.
A la mañana siguiente aparece en todos los periódicos
de Nueva York en esquelas de gran tamaño:
R.I.P.
María Luisa Latorre Fernández de
Córdova
+
Falleció ayer a los sesenta y tres años.
El sepelio se celebrará mañana en la Catedral de St. Patrick´s a las 12 horas.
Sus apenados esposo: Francisco
Pujalte, Presidente del Consejo de
Administración de Construcciones y Contratas de Nueva York e hijos Valentín
(arquitecto), Francisco (abogado) y Luis (médico) ruegan una oración por su alma.
DESCANSE EN PAZ
No hay comentarios:
Publicar un comentario