FALSOS MENDIGOS
AUTOR: CARLOS APARISI Y GUIJARRO DE
LUZÓN
31-12-2015
A su mujer le preocupaba los extraños
ruidos que escuchaba a través de la pared colindante con la finca de al lado.
Debería estar en silencio, por su estado de derribo, ya abandonada hacía tiempo
por todos los vecinos y estando casi totalmente demolida, salvo los últimos
pisos, pues al llegar la crisis económica que asoló el país, el promotor se
quedó sin dinero y paró la obra.
Su esposa, con una innata capacidad de
observación, deducción e intuición, puso en marcha sus habilidades
intelectuales para descubrir a qué era debido esas voces.
Todo había comenzado al cambiar la
televisión por otra último modelo extraplana y construyeron una preciosa
chimenea sobre la que la colgaron. Ésta era un modelo empotrado en una pared del
salón, cerrada por un cristal tras el que ardía un fuego alimentado por gas
ciudad. Creaba ambiente. Y al mismo tiempo calentaba.
Hubo que cambiar la distribución de los
sillones y el sofá contra las pared medianera para tenerla de frente y al mismo
tiempo ver las relajantes llamas que iluminaban la estancia llenándola de
ondeantes sombras mientras disfrutaban de un agradable programa televisivo.
Éste cambio de distribución fue el motivo de que escucharan muy tenuemente un
rumor apagado pero audible en algunas horas nocturnas, dado que entre ellos el
silencio se había instalado, solo interrumpido por algún comentario de lo visto
en el programa televisivo, tras treinta años de pacífica vida conyugal. Se
podría decir que la rutina de sus vidas podía ser ocultada por acontecimientos
nimios como esos extraños ruidos.
Isabel, que es como se llamaba aquella
delgada y atractiva mujer de unos cincuenta y algo años, rubia y aún de buen
ver, fue a la cocina a por un vaso y lo colocó invertido sobre la pared a fin
de amplificar el sonido. Su marido, Julián, dos años mayor, retirado
anticipadamente del Banco en el que trabajaba por un plan de prejubilación, se
acercó curioso, puesto que desde que no tenía que ir al trabajo se aburría solemnemente
y cualquier motivo era aprovechado para distraerse.
El matrimonio llevaba una vida comodona,
monótona y rutinaria. Sin sorpresas. Los días se asemejaban los unos a los
otros como dos gotas de agua, ya que nada especial ocurría en sus vidas. Se
aburrían sin decirse nada. Sin expresar sus más íntimos sentimientos, sus
anhelos, sus carencias y frustraciones. Habían creado un matrimonio velado por
una niebla gris que desdibujaba su interioridad.
-¿Oyes algo?
- Silencio que no escucho.
Así estuvo unos diez largos minutos.
Mientras Julián observaba sus visajes intentando descubrir su significado.
-¿Pero hay gente?
-Si varias personas.
-¿Que dicen?
-Hablan de dinero, de pagos – repuso
Isabel.
-¿Tu crees que podría tratarse de
traficantes de droga?
-No creo, pues he oído varias voces,
unas de hombre, otras de mujer, el llanto de un niño y por el tono, mas bien
parecía que lo que trataban se refería a asuntos domésticos. Como si fueran
unos “ocupas”.
-Que raro- dijo- esas viviendas son
inhabitables. No tienen ni luz ni agua. Además la puerta del patio está tapiada
y no se puede acceder al interior .
-Pues no queda otro remedio que
investigar- dijo apoyando su puño cerrado, en el mentón, en actitud Sherlok-holmiana,
como si iniciara un complejo análisis de su observación audiológica. -Coge la
chaqueta que vamos a la calle.
-¿A qué?
-A averiguar algo fundamental.
Bajaron los diez pisos que los separaba
de la calle y salieron. La tarde, oscurecida por la presencia de nubes grises
de lluvia, les cogió de la mano y los llevó hasta la finca colindante con la
suya. La puerta del patio estaba cegada con ladrillos hasta las ventanas del
primer piso. Pero eso ya lo sabían por pasar a diario frente a ella. Buscaban
en las zonas aledañas algún agujero, alguna ventana pues dicha finca tenía los
bajos ocupados por viviendas en lugar de locales comerciales. Por allí no se
podía entrar porque al igual que la puerta estaban tapiadas. Sin embargo, si
había gente arriba, deberían entrar por algún punto, quizá oculto o disimulado.
El edificio que habitaba el matrimonio
de prejubilados (a ella le ocurrió lo mismo que a Julián un año después en la
compañía de telefonía en la que entró al casarse) formaba con otros muchos un
gran triángulo de fincas. En el espacio existente se abría un patio de luces
ocupado por naves cubiertas de grises uralitas que albergaban diferentes
almacenes y negocios. Algunas terrazas pincelaban de verde con su vegetación
urbana, entre la que se incluía hasta pinos y palmeras y otras, menos pretenciosas
de bosque, con abundantes macetas, simulando
un oasis en aquel desierto de uralita gris.
Comenzaron a recorrer la calle. Todas
las demás edificaciones estaban en buenas condiciones y habitadas normalmente.
Giraron la esquina e inspeccionaron. Nada. La calle que cerraba el triángulo,
sin embargo, si que tenía una finca muy vieja
destinada al derribo, deshabitada, cerrada por una vieja puerta de
madera con un candado de grandes dimensiones.
-Ahí lo tienes. Por aquí entran.- Repuso
satisfecha de su descubrimiento.
Si fuera realmente la entrada, el que se
colase por allí debería tener llave del candado, tras abrir, subir al primer
piso y, con sumo cuidado, andar sobre las uralitas y vigas hasta llegar a la
finca aledaña a la suya.
Volvieron a casa, satisfecho él,
cavilosa ella. Lo condujo hasta la galería, que daba al patio de luces y sin
mirarlo extendió la mano, de forma petitoria, diciendo:
-¡Trae los prismáticos!
Sin rechistar, fue a buscarlos, pues
sabía que no cejaría en su empeño hasta desentrañar el misterio de las voces y
no quería dar motivo a una riña estéril.
Cuando se trataba de éste tipo de
situaciones no paraba quieta hasta desvelarlo por muy intrincado que fuera. Era
una admiradora del famoso detective londinense y lo imitaba en su método
deductivo, no perdiéndose ningún capitulo que la televisión de pago le ofrecía.
Sin embargo su marido, no era picado por esa extraña mosca llamada curiosidad,
y pronto dejaba de lado las averiguaciones, y más si éstas no deparaban ningún
beneficio o perjuicio a sus vidas. Simplemente le aburría, como le aburría
todo.
¡Cuán equivocado estaba en éste asunto
que grabaría a fuego su futura vida dándole color sangre a su gris existencia!
La mujer se pasó dos largas horas
oteando el deslunado, en absoluto silencio. Su atención era máxima. Tras un
tiempo, que a Julián le pareció eterno, dijo:
-Esta noche estableceremos turnos de
guardia de dos horas en la galería, mientras los ruidos se sigan oyendo, hasta
que descubramos por donde pasan y quienes son.
-¿Y si no vemos a nadie vamos a estar
toda la noche en vela?
-No hay mas remedio-repuso
contundente.-Ahora comienza tu turno de guardia- y pasándole los primaticos le
dijo en tono marcial.
-Vigila sobre todo las ventanas de la
finca que hemos visto cerrada con candado y el camino que lleva hasta la que
está junto a la nuestra. Y las escaleras que ascienden hasta el último piso.
Con un ademán compungido y resignado
asintió. Ella salió dispuesta a preparar algo de alimento para hacer más
llevadera la noche de vigilia que inclemente les aguardaba.
Se ocultaron tras dos sábanas que
pendían tendidas a propósito en la galería, de parte a parte, que camuflaba su
zona de observación. A través del espacio que dejaba una sábana con la otra
dispuso dos silla, una para sentarse y la otra para apoyar los prismáticos.
Las horas se descolgaban del reloj
lentas, interminables. Los minutos se estiraban como horas. Isabel escuchaba
con el vaso pegado a la pared.
-Hay tres hombres y una mujer y acabo de
escuchar el llanto de un niño. Podría tratarse de un secuestro- dijo en tono
misterioso- ahora me toca a mi vigilar. Tu descansa en el sofá que nos espera
una larga noche.
Se tumbó agotado cuan largo era,
restregándose los ojos y se cubrió con una manta. El cielo se había despejado y
los últimos rayos de sol se derramaron sobre las blancas sábanas tras las que
se camuflaban. Se tomó un bocadillo de jamón y bebió un vaso de café con leche
del termo que Isabel había preparado a tal fin. Se sintió algo más reconfortado
tras la pitanza. Había conseguido una relajación perfecta y un duerme-vela
apaciguado, cuando oyó la voz de su mujer excitada que le hablaba nerviosa en
susurros.
-¡Lo tengo! ¡Ya lo veo! ¡ven¡ un
vagabundo acaba de salir por la puerta de la galería de la casa que está
cerrada con candado. La llamaremos A
y se dirige, con una bolsa llena de algo, por los tejados hasta el objetivo,
que llamaremos “B”. Ven mira.
Efectivamente, un hombre de mediana
edad, de andar cansino, recorría con lentitud sigilosa los tejados. Iba vestido
de forma harapienta. Llevaba barba. Llegó al piso del objetivo B y se introdujo
por una puerta. Isabel marchó rauda al tabique y se puso a escuchar. Distinguió
la voz del que llegaba dirigiéndose al que parecía más mayor por su tono,
diciendo
-Príncipe, buenas noches.
El que así era llamado le contestó
escueto:
-¿Traes la pasta?
-Si toma.
Y luego escuchó algo de revuelo, como
maldiciones y voces agrias.
-No pude conseguir más –replicaba el
otro quejumbroso.
-Mañana si no pagas, vuelas…
El matrimonio se reunió en el salón a
dilucidar cual sería el siguiente paso a dar.
-En cuanto abran, iremos a una tienda de
disfraces a comprar un kit de mendigo y esta noche aparcarás el coche junto a
la puerta del punto A. Vete abajo y espera
hasta que quede un hueco próximo a la puerta. Lo aparcas en él para poder
observarlos mejor desde dentro sin que nos vean.
Sin entender nada, cabizbajo, pues no se
le habría ocurrido discutir sus órdenes, como nunca lo haría un soldado a un
general, salió de casa dispuesto a colocar el vehículo en posición. Una hora le
costó encontrar el sitio al marcharse otro vehículo aparcado frente a la puerta
del candado. Era noche cerrada. Miró el reloj que ya marcaba las diez y media.
Tras cumplir sus tareas “de campo”
subió al piso a dar el parte. La esposa complacida le dio un fuerte abrazo y un
beso en los labios, emocionada por la buena marcha de los planes.
Este hecho inusual en la pareja, (pues
la unión de sus cuerpos se reducía a una rutinaria vez al mes y sin grandes jaleos)
lo conmovió.
Recordaba que ya faltaba poco para hacer
el amor. La fecha señalada era la noche tras la que cobraban sus nóminas, formando
parte de un ritual festivo, instaurado desde que estaban pre-jubilados.
-Esto está bien, pero que muy bien. Parece
que se han ido a dormir, pues reina el silencio.
-Podríamos hacer lo mismo, ya que mañana
el día será muy largo.
-De acuerdo. Ya hemos averiguado lo más
importante. Sabemos que los extraños vecinos han establecido allí una base de
operaciones. Bien podría tratarse de delincuentes. Mañana, al alba, te quiero
sentado en el coche a vigilar los movimientos. Recuerda que ésta misión podría
ser de utilidad pública, si, como sospecho, es guarida de maleantes y
escondrijo de delito.
Entraron en el dormitorio y se puso su
pijama él y camisón ella, separados por el baño. Luego cada uno a su sitio, procurando
no tocar más que levemente sus espaldas. –buenas noches- que descanses- respondía
el otro. Cada uno mirando una pared distinta.
Tras un sueño reparador, la esposa lo
despertó indicándole que ya era la hora -las seis y media, tienes que bajar al
coche.
Tomó su desayuno con rapidez y se abrigó
con un anorak.
Ese día, corrían las saetas tediosamente
lentas. Más que de costumbre, hasta marcar las nueve. Pensaba que nada
ocurriría, cuando escuchó ruido y observó que la puerta se abría dando paso a
dos hombres, mal encarados, que vestían gabanes oscuros y arrugados. Llevaban
la cabeza cubierta con gorros de lana hasta las cejas. El mayor, que frisaría
los cincuenta bien cumplidos, sacó un carrito de la compra metálico, sustraído
de un supermercado y se separaron sin mediar palabra. Cada uno se marchó por un
lado.
Volvió a casa Julián a dar noticias. Se
duchó, almorzó y cuando estuvo preparado, salieron en busca de los disfraces.
-Para progresar en nuestra
investigación- le comentó resuelta, como si fuera una orden- deberás entrar en
la casa y llegar al objetivo B. Te
voy a disfrazar de mendigo. A la noche, cuando alguien entre, te cuelas tras
él.
-¿Y si no me deja entrar? -dijo con la
intención de escapar de tamaña locura, que podría resultar, por otro lado, muy
peligrosa.
-¡Piensa, cabeza de chorlito! ¿Para que
está el dinero?
-¿Pretendes que los soborne? ¿ y si
entro, me dan una paliza y me roban todo?
-No lo creo. Llevarás ropa vieja, un
reloj de plástico y solo treinta y cinco euros en billetes pequeños y monedas.
Te pongo un euro escondido en el forro de la chaqueta para que me llames cuando
salgas. Te vas al Mesón del Extremeño y acudo llevándote ropa para que te
cambies.
Ya de vuelta de las compras, satisfecha,
fue extendiendo en la cama el disfraz de mendigo.
-Yo vigilaré con los prismáticos. Si a
las 10 de mañana no vuelves, llamaré a la policía para que te rescaten.
Cuando se hizo la hora, le enfundó una
peluca estropajosa, que había ensuciado con polvo de la aspiradora. Le colocó
una barba postiza con bigote y le manchó la cara con un poco de betún negro.
Las ropas le daban el increíble aspecto de un mendigo real.
-Con éstos guantes de lana viejos darás
el pego, para que no vean tus finas y cuidadas manos.
De ésta forma, ya oculta su verdadera
identidad, Julián, bajó sigilosamente, por las escaleras, procurando que nadie
lo viera. Su aspecto era irreconocible. En el bolsillo tintineaban las monedas.
Se ocultó en el coche, bajando el
respaldo y amparándose en la oscuridad de la noche, esperó movimiento.
No tardó mucho en aparecer uno de los
dos que por la mañana había visto. El del carrito. Lo llevaba repleto de
cartones y bolsas.
Bajó con sigilo del coche y se deslizó a
su lado, cuando lo vio abrir el candado. El otro notó en seguida su presencia,
pues se volvió bruscamente y con voz aguardentosa repuso:
-¿Qué quieres? ¿que te de una ostia?
¡anda, largo de aquí mamón!
-¿No podría entrar? No tengo donde
dormir. Por favor. No te molestaré. Además tengo dinero que te daré si me dejas
pasar.
-¿Cuánto?- brillaron sus ojos codiciosos
al escuchar la mágica palabra.
-Cinco euros.
-Me valen. Te dejo pasar, pero si “el Príncipe”
no acepta tendrás que irte y no te los devolveré .
-¿Quién es?
–El dueño del piso
-Me arriesgaré.
Entró tras él, cauteloso y el otro
indicó con el brazo que lo siguiera. Bajó los cartones del carro y los apiló en
un rincón del portal donde habían muchos
más. Cogió dos bolsas que debían contener algo de comida y ropa, por su
aspecto.
-Ves con cuidado y pisa por donde yo, no
vayas a romper la uralita.
Llegaron al objetivo B y subieron por unas peligrosas escaleras sin barandilla. Ya
habían ascendido cinco pisos y se pararon a descansar.
–Aún faltan cinco mas. En el noveno se
quedó el constructor sin pasta y paró la obra. Por la crisis, claro. Así que el
décimo está entero- le dijo el mendigo.
Siguieron el ascenso y llegaron al
último piso, donde la vivienda se mantenía entera. La décima altura, como la de
Julián. Abrió la vieja puerta con una llave y le indicó que pasara. Un pequeño
rellano era alumbrado por una vela apoyada en un platito sobre una mesilla
desvencijada. No había luz y se iluminaban con candiles de aceite. Para
sorpresa de Julián, no estaba sucio. Todo lo contrario. Incluso olía a lejía.
El suelo de terrazo brillaba. Debían haber pasado el mocho no hacía mucho.
-Cuidado no pises lo mojado que él es
muy curioso y se cabrea si manchas.
Está obsesionado con la limpieza.
Mejor- cabeceo Julián para si.
Tras el dintel se abría una estancia, el
salón comedor, amueblado con dos viejos sofás de rotos muelles manifestado por
un hundimiento central, una mesa de comedor y ocho sillas desparejadas, cuatro arrimadas
a la pared y las otras a la mesa. Al frente un pasillo estrecho con cinco
puertas todas a la derecha. La primera era la cocina con bancada de mármol
blanco y mobiliario vetusto con estantes repletos de latas de conserva, botes
con arroz, macarrones, espaguetis y otras pastas. Al fuego, una olla que
desprendía un humeante y oloroso aroma.
-¡ Te traigo visita¡
Asomó por la puerta de la cocina un
viejo gitano de tez oscura y arrugada, secándose las manos con un paño. Iba
bien afeitado. Vestido con una camisa a cuadros gris y granate, añosa y
descolorida por los muchos lavados pero limpia y un pantalón de pana oscuro.
Unas viejas botas completaban su vestimenta. Su rostro hacía honor a su raza.
Pura estirpe racial.
-¿Tú quien eres? ¿qué quieres de mí?-
dijo desconfiado mirándolo desde su exigua y amojamada estatura.
-Me llamo Julián. Necesito cobijo. Vengo
de fuera y no se donde dormir. No conozco la ciudad – mintió con voz tristona.
-Aquí no puedes. Está completo. Y es mi
casa.
-Puedo pagar, por favor, dormiré en
cualquier camastro o colchón. Solo necesito techo, una manta y algo de comer.
-¿Pero tu te has creído que esto es la
casa de la caridad? Anda Miguel ¡échalo!
-Por favor, déjeme esta noche. Le daré
veinte euros por la cena y la cama- dijo suplicante.
- A ver los chavos- dijo mientras rozaba
índice y pulgar a gran velocidad.
Sacó todas las monedas y las dejó encima
de la mesa. El gitano las contó con satisfacción y cogiéndolas en un puñado las
hizo desaparecer rápidamente en el bolsillo.
-Miguel, búscale acomodo en la
habitación del fondo. Con mis sobrinos.
Le llevó, el tal Miguel, hasta una
habitación, donde habían tres somieres con patas y sobre ellos colchones y
mantas. Y una ventana cerrada.
-Queda ésta cama grande libre. Has
tenido suerte. No se te ocurra hablar demasiado pues te tirará.
-¿Y los otros?
-Están al llegar. Se cena a las once y
luego a dormir. A las ocho el desayuno y a las nueve tenemos que irnos a
trabajar.
-¿A trabajar de qué? – preguntó Julián poniendo
cara de sorpresa.
-A rebuscar contenedores cerca de los
supermercados, a coger los cartones que tiran y luego a limosnear. Así nos
ganamos la vida. Somos gente honrada como verás.
Tras ver su dormitorio pasaron al
salón-comedor y el nuevo inquilino se sentó en el centro del sofá de muelles
chirriantes. Se dispuso a escuchar, casi invisible en su hundimiento, a fin de
recabar datos para poder dar el parte a su curiosa mujer.
Un poco antes de las once, llegó una
pareja de mediana edad con un niño de unos tres años, todos con la impronta del
pobre, pobre. El los recibió con un ¡hola¡ y sin mediar palabra alargó la
mano. Depositaron miedosos un puñado de monedas que contó con meticulosidad.
–Faltan dos euros –dijo mirando molesto
al hombre.
-Príncipe, no ha podido ser. Hemos
tenido que cambiar de sitio pues los rumanos nos han echado del puesto y nos
hemos ido a la puerta del Corte Inglés. Ya sabes que allí hay mucha
competencia.
–Esta noche cocido. Pero medio plato-
dijo tras hacer desaparecer en su bolsillo las monedas.
El recién llegado sacó de un saco una barra
de pan que depositó sonriente en la mesa.
-Una señora nos la ha dado- dijo
contento.
-Mañana os acompañará el Braulio y su
primo adonde los rumanos antes de ir a la compra. Pobres de ellos si tienen que
sacar las navajas. ¿Le habéis puesto al niño la escayola en el brazo?
-Si, la dejamos en el portal, pero ni
por esas. Le gente está seca y solo
dan morralla. Mucha moneda de cobre y poca dorada.
-Luego de cenar os haré un cartel de
cartón con una frase nueva que nunca falla “Una limosnita por caridad que tengo
cuatro hijos que alimentar”.
¡Hale todos a cenar! Que mis sobrinos
hoy se iban de tapas y llegarán tarde.
Arrimaron las sillas a la mesa con
manifiesta impaciencia. Miguel trajo una botella de vino de la cocina junto a
unos vasos y los llenó. La mujer puso sobre la mesa platos y cubiertos. Daba la
impresión de estar todo muy bien organizado. Julián comprobó que tenían agua
corriente.
-¿Y éste nuevo quien es? -dijo el hombre
recién llegado.
-Me llamo Julián- Acabo de llegar a la
ciudad. Si me dejáis quedarme con vosotros os pagaré.
-Eso se lo dices a él que es el dueño
del piso. Por mi vale, pero no armes follón por la noche, que me despiertas al
niño.
Miró Julián al gitano a los ojos con
expresión suplicante.
-¿Puedes pagar quince euros al día por
cama y comida?
-Creo que sí. Había pensado ponerme en
la estación a pedir y buscar cartón y chatarra.
-Ten cuidado con el Cojo, ya te dirá Miguel
quien es, pues cuando te descuidas te roba lo que lleves en el carrito, sobre
todo el plomo y el cobre.
-Lo tendré, descuida- dijo Julián.
-Mas te vale pues si no hay dinero, no
podrás quedarte.
Asintió y silencioso, se puso a comer
aquel cocido, que para su sorpresa, estaba delicioso. Bebió del vino que le
habían escanciado en su vaso. Era recio y áspero, barato, de los de euro el
litro, pero calentaba el estómago que a esas horas ya le reclamaba su pitanza.
El hombre, que se identificó como Manuel, le dio un trozo de pan para que
mojara. Percibió un cierto ambiente
familiar, incluso de ternura, al observar como el viejo sentaba al niño
en sus rodillas y le daba de comer. La conversación era animada por el ruido de
las cucharas al tocar la loza en un concierto
voraz. Tras un rato, ya las doce
caídas, se acostaron. Julián se enrolló en la manta y se quedó a la espera
de los sobrinos con los que compartiría habitación. Pasaban de las tres cuando
llegaron y entraron en la habitación con risas y jerga borrachera. Se dejaron caer en las camas tal como iban
vestidos sin reparar en el nuevo. Al poco roncaban. Uno soltó una sonora ventosidad
que envenenó la habitación de un pestilente aroma a podrido. El aire viciado le
agobiaba.
Pese a todo, durmió de un tirón toda la
noche. Le despertaron las voces que provenían de la sala. Se levantó y preguntó
a Miguel, que ya estaba sentado a la mesa, si había lavabo. Le señaló una
puerta con un mudo movimiento de cabeza .
El servicio constaba de una bañera, una
pila y una taza. Para su sorpresa estaba limpio. Se había imaginado la taza del
retrete llena de mierdosos relejes.
De donde obtenían el agua le fue
desvelado en el desayuno, la robaban al vecino colindante por la medianera ( o
sea a él).
Bebió el oloroso café con leche y comió un par
de cortadas de pan con aceite y sal. La mujer se interesó por como había
dormido Julián, de forma amable. No parecía de extracción humilde, a pesar de
su ajada vestimenta. Éste le respondió con una sonrisa agradecida y le dio las
gracias por su amabilidad. Esa mujer resultaba muy agradable a pesar de la
pobreza de sus ropas y ausente belleza. Tenía una mirada, profunda, que
transmitía bondad, y una sonrisa recatada, como vergonzosa, que inspiraba
confianza.
Tras desayunar todos se fueron a la
calle a buscarse la vida, salvo los sobrinos del gitano que seguían roncando a
pierna suelta por lo que el plan de proteger a Manuel se pospuso.
Julián de forma sigilosa y comprobando
que nadie lo observaba se metió en el Mesón del Extremeño quitándose la peluca
y la barba. Al poco llegó Isabel tal como habían quedado, tras llamarla por el
teléfono del bar con el euro escondido en su chaqueta.
La mujer llegó con una bolsa de ropa
normal para que su marido se cambiara. Con disimulo se metió en el lavabo y se vistió con la ropa limpia. Luego salió
al encuentro de su esposa, que estaba en la barra tomando un café. Su aspecto
quedó totalmente renovado. Ella le miró con ojos inquisidores y no pudo
reprimirse mas:
-Cuenta, vamos.
Le hizo un minucioso relato de cuanto
había visto y oído.
Desilusionado observó como Isabel no
mostraba gran satisfacción, cómo había esperado, por la arriesgada y
apasionante aventura vivida, que incluso podría haber tenido un resultado
letal.
-¿Pero aún no estás contenta mujer?
-No. Me gustaría conocerlos y saber
porque son tan pobres como para vivir en esa casa con un gitano. Deben tener
historias apasionantes que contar para haber llegado a esa mísera situación.
-Yo allí no vuelvo ni loco. Si tanto te
interesa vas tú–le dijo crispado.
-Vaya, vaya menudo caballero tengo por
marido. Para demostrarte que soy mas valiente que tú, iremos los dos ésta
noche.
-¿Pero te has vuelto loca? Me matarán.
-Tú déjame a mi. Tengo mucho que
averiguar aún.
Y, como siempre, cedió por no enzarzarse
en una infructuosa pelea.
Al anochecer estaban los dos disfrazados
de pobres, el con su peluca astrosa, su barba tiñosa y su ajada ropa, ella se
aplanó el pelo del cogote para que quedara descuidado se tintó de blanco el nacimiento
del rubio cabello, se puso un jersey de puños deshilachados y con remiendos en
los codos que sacó de los trapos de limpieza, y una chaqueta deformada de su
madre, ya fallecida y de la que guardaba melancólicamente algunas prendas. La
falda, negra la perló de manchas de aceite. Un colorete concentrado en las
mejillas le daba cierto aire de furcia.
Esperaron a que Miguel, Manuel o Braulio aparecieran para abrir la
puerta del patio. A las nueve y media apareció Manuel con la mujer y el niño.
Isabel y Julián salieron sigilosos del coche y se pusieron tras ellos.
-¿Ya estás de vuelta? –dijo Manuel
indolente- Vaya veo que has ligado. Pasa a ver que dice el Príncipe de tu
acompañante. Igual se cabrea y os echa a los dos de patitas a la calle. ¿Cómo
se llama?
-Isabel –repuso Julián.
-Yo me llamo Raquel, dijo la mujer
mirándola con una sonrisa acogedora.
Siguieron a Manuel y los otros hasta
llegar a la casa. Temían la reacción del gitano al ver que acudía con otra
persona más, pero como había visto el apego que tenía al dinero sospechó que
los dejarían aumentar la plantilla de inquilinos y por tanto su renta.
Al principio la miró de arriba abajo
como estudiándola. Luego preguntó que hacía allí. Julián le contó que la había
encontrado en la estación pidiendo y se la trajo porque le querían pegar unos
borrachos.
-También pagará ella los quince euros pero
dormirá conmigo, esas son las dos condiciones que os pongo - repuso el gitano mirando
a Isabel con deseo.
-¿En su cama?- dijo indignado Julián- yo
quiero que duerma conmigo, para eso me la traje.
-¡Entonces marcharos¡ Por ahí está la
puerta- les dijo enérgico y sin vacilar.
Isabel sacó un monedero, bajando sus
ojos llenos de vergüenza ante el dilema que le planteaba el viejo y que pensaba
se podría solucionar con más dinero.
-¿Y si le damos más de treinta euros,
pongamos cuarenta? –dijo Julián-y
extrajo el dinero del monedero de su esposa.
-¿Pero estás sordo? Necesito una mujer y
la que has traído me gusta mucho. Poco cariño le puedes haber cogido si la conoces
de un día.
Julián hizo ademán de marcharse y fue a
coger a Isabel de la mano para llevarla con él.
Pero su boca se quedo en una “O” abierta
al escuchar decir a su Isabel:
-Trato hecho- dijo bajando la cabeza abochornada
por lo que acababa de decir- no tengo donde ir y en la calle hay más peligro.
Al menos usted es limpio y parece amable. Ciertamente le estoy agradecida a
éste hombre que me ha protegido ésta mañana, pero nada más le debo.
Julián la miró, primero incrédulo, luego
su cara tomo un color verde-bilis del
que pasó al rojo-ira y fue a cogerla
por el brazo y llevársela a la fuerza, cuando entre ambos se interpuso el Príncipe
y le dijo- ya has oído, ella está de acuerdo. Ni la toques. Es mía.
Julián contrito salió de la casa y bajó
las escaleras. Cada peldaño una lágrima, cada rellano un suspiro, cada piso una
blasfemia. “Treinta años de matrimonio y
ya ves, con el primero que se lo propone, un viejo gitano y acepta acostarse
con él. Y encima me lo dice a la cara. No puede ser cierto. Debo estar soñando
en mi cama. Eso, esto es una pesadilla, ella no puede ser tan puta”. Anduvo
caviloso por las calles durante horas. Pensó en no volver jamás a aquel piso.
Quedarse en su casa confortable, solo. Dejarla que volviera a casa cabizbaja y
arrepentida de su estúpida decisión. Tras
mucho meditarlo decidió irse a dormir a su casa.
Aquella noche no pudo conciliar el sueño.
Sudaba bilis por cada poro de su cuerpo, tal era la rabia que le embargaba.
Había asistido al mayor desprecio de su vida, y ella no se había ni inmutado.
Se acercó a la pared de los vecinos con un vaso y se puso a escuchar. Las voces
eran alegres. Llegaron las tan temidas doce de la noche, que es cuando sabía
que el Príncipe se acostaría con Isabel. Precisamente la mitad de la habitación
del Príncipe colindaba con el salón. Se dirigió a esa zona y escuchó pegando la
oreja al vaso. Al principio solo oyó el silencio. Luego un chirriar de los
muelles de la cama “joder se la está follando” y contaba los empujones
traducidos en lastimeros quejidos de la cama: uno, dos, tres, cuatro, cinco,
…veintiséis, me cago en la puta, si esa voz que oigo es la de ella, está
jadeando como una perra en celo, cuando
sonaron los treinta chirridos intuyo, por un lamento intenso, que el gitano se
había corrido. Ese lamento ahogado le sonó como un disparo directo al corazón.
Cayo en el sofá y ocultó su cara
desencajada entre las manos, sollozando.
Al día siguiente caviloso miró su cama desierta de ella. La imaginó en la del Príncipe
y se murió de celos. Haciendo una inmersión en sus sentimientos
mercuriales los odio con toda su alma. Pensó “esto no puede quedar así” y
tomo la decisión de volver a casa del gitano, cavilar como deshacer el entuerto
y tomar cumplida venganza por esa afrenta que le estaba causando un enredo emocional de gigantescas
proporciones. La amargura se mascaba en
su rostro desencajado.
Ya de noche se apostó en el coche a la
espera de Manuel. Cuando llegó con Raquel y el niño salió sin ser visto cuando
se pusieron de espaldas para abrir el candado y los saludó.
-Vaya hombre, pero si has vuelto. Pensé
que tras lo de Isabel no volveríamos a verte el pelo.
-¿Qué voy a hacer si no tengo donde ir?
Además Isabel solo era para mi un capricho- mintió moviendo la mano como quitándole
importancia-. Total, nos conocíamos de horas. Que se la folla el Príncipe, pues
mejor para él. Ella debe ser una calentona pues ya ves lo que le costó aceptar.
-No sé, no sé, las mujeres son muy prácticas.
Igual si se lo monta bien con el gitano no le cobra ni hospedaje ni comida.
-¡No jodas Manuel, menuda zorra estaría
hecha¡ Yo creo que ha aceptado porque no tenía otra alternativa. ¿A dónde iba a
ir sola por la noche? No habría durado ni veinticuatro horas sin que la
cogieran las mafias pues es guapa y tiene buena estructura.
-En eso te doy toda la razón. Menos mal
que Raquel es feúcha y no le gustó. Yo la quiero mucho. Y hace de madre de mi
hijo. Bueno, vamos, olvida a Isabel y mañana te vienes conmigo a buscarnos la
vida y te enseño la marcha. A mi me va muy bien. Incluso estamos ahorrando.
Los siguió en silencio rumiando ideas de venganza.
Cuando llegaron, el Príncipe los recibió
con una sonrisa. Isabel andaba en la cocina ultimando la cena. Salió con una
naturalidad que espantaba. Le dio la bienvenida con una sonrisa torcida,
difícil de interpretar.
-Pensé que no volverías.
-¿Qué iba a hacer? Ya no tengo nada más
que perder, -le dijo con un fuego frío
en los ojos.
-A ver si te habías creído que yo era
tuya.
-Mira, dejemos las cosas como están-masculló.
-Príncipe toma el dinero que me quedo con vosotros.- Mientras, pensaba en la
promesa de fidelidad eterna hecha el día de su boda y como se había ciscado en
la promesa.
Si bien es cierto, que por la costumbre
y la monotonía, ya había perdido totalmente el interés sexual por Isabel, ahora
tras escuchar tras la pared como fornicaba y jadeaba se le había despertado un deseo, muerto antes, que le quemaba la entrepierna.
-De acuerdo pero no quiero follones.
Ella se queda conmigo. Me ayudará en la casa y algunos días saldrá a mendigar
contigo.
Cuando estuvieron todos y pagaron se
sentaron a la mesa, donde Isabel puso una cazuela con sopa de ajo y otra con
caracoles guisados con hierbabuena y un sofrito de tomate cebolla, ajos y tacos
de jamón serrano, junto con una barra de pan tierno. Raquel sirvió los platos y
Miguel escanció el vino.
Julián miraba de reojo a su esposa
esperando ver un relámpago de vergüenza que justificara su afrenta. Se quedó
con las ganas de decirle algo hiriente cuando vio que se había lavado el pelo y
bañado para el gitano. La piel sonrosada color, el cabello suave y sedoso y la
ropa limpia sobre la que lucía un delantal inmaculado. Nada de colorete ni
rímel. Sus ojos eran vivos y alegres. Estaba exultante. No la había visto tan
bella desde hacía años. Y la odió por saber por qué y para quien se había
arreglado con tanto esmero.
Para su sorpresa, Isabel comenzó una
agradable tertulia con Raquel sobre el niño. Julián escuchó atento.
-¿ Que te pasó para llegar a ésta
situación? -le preguntó a Raquel.
-La mía es una mala historia. Te la
contaré para que veas como te puede cambiar la vida de la noche a la mañana. Me
casé con un muchacho fuerte y trabajador y los primeros años, nuestro
matrimonio funcionó. Pero poco a poco se le fue agriando el carácter conforme
bebía más y más y yo pagaba el pato. Se hizo alcohólico. Empezó con gritos y
acabó con palizas. Aún recuerdo la
última noche: al oir la llave de la puerta girar me escondí debajo de la mesa
de la cocina. El mantel me ocultaba. Percibí sus pasos cuando entró y dejó caer
la botella de vino con furia sobre la mesa, que tembló como yo. Su tono de voz le
delataba el deseo de descargar su furia sobre mi. Sabía lo que pasaría si me
encontraba.
Allí debajo, con mis nalgas heladas
sobre el terrazo viejo comencé a tiritar. Y no solo de frío, sino porque su
cercanía me iba inundando de pánico por si me encontraba. Oí abrirse,
crujiendo, la puerta de la alacena, luego la nevera, escuche asustada un
tintineo de botellas, después la sonora efervescencia de una de cerveza al
saltar la chapa. Acurruqué más mis pies abrazándolos con mis brazos. Seguí
oyendo como gritaba mi nombre, como me amenazaba de muerte si me encontraba.
Entonces, sin poder reprimirme me oriné y vi, aterrada, como una mancha clara
se expandía a mi alrededor. “Me va a delatar”, pensé desesperada.
Por fin salió de la cocina y se tumbó en
la cama. Suspiré. Cuando escuché que roncaba, cogí en un hatillo mis escasas
pertenencias y todos mis ahorros y escapé a hurtadillas. Aguanté seis meses en
una pensión de mala muerte buscando trabajo de lo que fuera, pero no lo
encontré por mi escasa formación. Justamente cuando más paro había. Se me acabó
el dinero. No volví a la pensión, pues pasaba una semana debida y tuve que
dormir al raso. Las noches eran frías, pero mi alma estaba tranquila. Tenía hambre,
pero paz.
Encontré a Manuel y al niño una noche de
noviembre que se me hacía larga por la tiritona. Me tapaba con cartones sobre
un banco del Jardín del Parterre, forraba mi cuerpo de periódicos que ponía
debajo del jersey de lana. Al verme a la intemperie, helada, se compadeció y me
invitó a dormir con ellos en una furgoneta abandonada. Al día siguiente nos
fuimos a pedir. Él me lo enseño todo de ésta vida pordiosera. Aprendí a ganarme
sola el pan y la cama, mendigando y sin tener que fingir mi desgracia, pues la
llevaba grabada a fuego en mi cara.
Ahora pago mi parte y la mitad de los
gastos del niño. Soy feliz con mi nueva vida. Me siento como en el hogar que
nunca tuve. El viejo me respeta y los demás me han aceptado. ¿Qué mas puedo
pedir? Manuel es dulce, me da calor por las noches y un amor leal. Con sus
abrazos y caricias he encontrado significado a la palabra “hacer el amor” ya
olvidada tras las continuas violaciones y palizas de mi marido. El niño me ha tomado
como madre. La pobre murió en el parto. Y lo quiero como si fuera mío. Manuel
me ha devuelto la sonrisa, olvidada tras tantos años de malos tratos y vejaciones.
Ya no sabía siquiera si valía algo. Había perdido mi autoestima. Y él me salvó. No sabes lo agradecida que le
estoy. Y le quiero- dijo dándole un beso tierno en los labios. Él le pasó los
brazos por los hombros y la estrechó.
Isabel se limpió los ojos, nublados de
emoción, con el dorso de la mano y aspiró con fuerza la moquita que quería caer
de su nariz. No sabía que decir, pues estaba emocionada por aquella historia tan
terrible y cruel, con final feliz.
Tendría que inventar algo con lo que
apaciguar a Julián, aún sabiéndose traidora tras su decisión de serle infiel.
El descubrimiento de aquel mundo nuevo la había seducido. El tedio había sido
sustituido por una onírica vida de
película que jamás pensó posible, trepidante; de aventuras. Y cuando sintió
como el Príncipe le acariciaba entre los muslos se le fueron todos sus
escrúpulos al garete. La tomó como a una reina en su primera noche. Hacía años
que no había sentido un orgasmo. Y con que suavidad la hizo enervarse lentamente
hasta desearlo y suspirar que la hiciera suya.
Comparaba las relaciones sexuales de Julián
con las del gitano y no encontraba ningún parecido. Aquello era sexo de verdad.
Lo de Manuel era lamentable y ofensivo, pues jamás se ocupó de ella en sus
escasas relaciones. Aquí te pillo, aquí
te mato y tras unos cinco minutos, sudoroso y cansado, la sacaba fuera,
dejando en las sábanas mojadas su infértil semilla y a su mujer pringosas las
ingles.
Ella también había encontrado un hombre
que la hacía disfrutar en la cama, la trataba con consideración e incluso
amabilidad, aunque estaba temerosa de que Julián, por celos, descubriera toda
la farsa.
-Tu historia me ha conmovido, pero tiene
un buen final- dijo Isabel- La mía es mas simple. Vivía con holgura. Mi esposo
había recibido una importante herencia de un tío y trabajaba como autónomo.
Teníamos dos hijos jóvenes. Muy egoístas como suelen serlo casi todos. Una
noche mi marido sufrió un infarto. No llegó vivo al hospital. En resumidas
cuentas, al no haber hecho testamento, la herencia pasó a mis hijos pues
provenía de su familia. Me quedó una pensión tan miserable que tras los pagos
domésticos y el alquiler no me quedaba para comida. Un día, tras una agria
discusión sobre el dinero me dijeron que me marchara y no volviera. Y así hice.
El dolor de viuda reciente y saberme pobre, me quitaron la gana de pelea. Hice
una pequeña maleta y cerré la puerta de mi vida anterior para siempre. Me
alegro de que estés aquí. Al menos no seré la única mujer en ésta casa. Me
gustaría ser tu amiga.
Ambas se levantaron de la mesa y
recogieron los platos con una sonrisa cómplice. Tras fregarlos, se sentaron en
el sofá junto al niño, que cabeceaba de sueño.
-Aquí estarás bien. El viejo cocina de
maravilla. No tiene mal fondo. Además se encarga de la limpieza y es muy curioso con la casa, se la trajina de cabo a rabo él solo.
Sus sobrinos hacen las tareas de la calle y lo protegen. No sale jamás de aquí.
Se esconde de otros gitanos que quieren matarlo.
-¿Porqué? -Inquirió curiosa, mirando a
Raquel y bajando la voz.
-Nos
lo contó un día, para avisarnos, de que no habláramos de él fuera de casa y
menos con gitanos- dijo susurrante-, pues lo buscaba la familia Montoya para
vengar la muerte de su hijo al que el Príncipe asesinó. Se dice que su hija
tuvo que ser secuestrada por un Montoya
del clan rival (el hijo del Jefe), del que estaba enamorado locamente y huyeron
pues ninguna de las dos familias, enfrentadas ancestralmente, concedió el
permiso para que se casaran.
Los buscó por toda España hasta dar con
ellos en Sevilla y de un navajazo mandó al heredero de los Montoya al otro
barrio.
Isabel parecía estar pasándolo muy bien
con las historias de Raquel. Julián conocía de sobra su carácter curioso, pero
no las excelentes dotes de actriz de las que estaba haciendo gala.
El gitano hablaba con sus sobrinos en un
aparte de sus negocios y les entregó una bolsa llena de monedas para que las
cambiaran por billetes por si tenían que salir “por piernas”.
Previendo que Isabel se descubriera si
hablaba demasiado, Julián se acercó a ella y le dijo que se iba a dormir
recordándole su pacto de silencio por el peligro de muerte que entrañaba para
ambos si los descubrían. En la cama se puso alerta para escuchar, razón por la
que dejó la puerta entreabierta.
A la media hora comenzó a oír los
muelles de la cama del gitano.
“¿Como es posible que tenga tanta
energía y vigor el viejo? ¡Si ya lo hizo ayer! por todos los diablos, maldito
sea” se decía a si mismo invadido por la rabia y pensando en sus propias relaciones
sexuales. Ella debajo, como muerta, las piernas abiertas, y el encima
intentando dar la talla en un orgasmo que tardaba tanto que lo dejaba exhausto
pues ya no le excitaba ni hacía nada para estimularlo.
Nunca se le abría ocurrido que aquello
que estaba escuchando pudiera ocurrir. Prestó atención: ahora era ella la que
jadeaba e incluso escuchó un grito ahogado por una mano, al poco otro, y una
media hora más tarde otro. Los muelles crujieron casi dos horas. Casi dos horas
de tormento para Julián, que recordaba los tiempos felices y olvidaba su anestesia amorosa, reavivada ahora por
lo escuchado. Casi dos horas mascando su
fracaso, recordando la ausencia de placer de su mujer cuando se juntaban
carnalmente. Conmigo chitón. Con el chilla.
-Esto es fantástico. Parece una
película. Estoy emocionada. – le dijo alborozada por la mañana.
Los temores de Julián se agigantaron
repentinamente cuando ella le dijo que por la mañana irían a pedir limosna.
-¿Pero te has vuelto loca?- murmulló por lo bajo en un susurro.
-Quiero seguirles el juego y divertirme.
Llevábamos una vida tan aburrida… nunca nos había pasado nada tan emocionante.
Quiero probar nuevas sensaciones. Nunca me he visto en éstas.
-No lo jures que ésta noche te he
escuchado.
-Julián no seas vulgar. No me digas que
escuchas tras las puertas.
-Hija si no hace falta escuchar, te han
oído todos. Parecías disfrutar de lo lindo.
-No te lo creas, lo finjo para que el Príncipe
acabe pronto.
-Ya, ya, si me lo voy a creer y todo.
¡Dos horas¡
-Bueno deja el tema y tengamos la fiesta
en paz. Anda vámonos a la calle.
Tras el desayuno y aseo, se despidieron
de todos en la puerta. Ya en la calle le dijo ella:
-He tenido una idea magnífica. Vamos a
comprar una pierna postiza.
-¿Para qué?- preguntó Julián.
-Me voy a hacer pasar por mutilada de la
guerra de Bosnia. Me sentaré en el suelo sobre un cartón y pondré otro
petitorio explicativo sacando por debajo de la falda la ortopédica. Tu deberías
ponerte un parche en el ojo para parecer tuerto.
Tras cambiarse de ropa en su casa, y darse
una buena ducha se dirigieron a la ortopedia. Eligió una pierna larga y
delgaducha.
- ¿Pero señora si tiene las dos piernas¡
- le había dicho el ortoprotésico.
– Si pero no es para mi sino para
decorar la casa. Una idea que he visto en una revista. La pongo en el centro de
una cesta con flores secas. Emergiendo empinada y entre los dedos le coloco
cinco rosas y queda genial. Último grito en moda de hogar.
“Vaya ideítas ponen en las revistas. Ya
no saben que inventarse para venderlas” “ aún hay ceporras que se lo creen”
pensó el hombre.
Ya en casa, de nuevo se colocaron los
disfraces. Se fueron a pedir a la salida del metro de la calle próxima. Isabel
con una bolsa bajo el brazo conteniendo la pierna postiza y su marido con un
parche en el ojo. Le dijo que quería estudiar la reacción de las gentes, y que
por allí pasarían sus propios vecinos, pues vivían cerca y quería ver la cara
que ponían. A la hora de estar sentados en el suelo, asomando bajo su falda la
pierna postiza en una posición inversa, como si la tuviera rota, a la que le
puso una media y un zapato para darle mayor realismo. En esto estaban cuando
pasó la vecina del cuarto.
-Una limosnita por el amor de Dios- dijo
alargando la mano hacía ella. Aquella la miró con aire despectivo y le echó a
la falda dos céntimos, intrigada por el parecido con otra persona que le
sonaba.
-Gracias señora por su generosidad. Que
no le pase a usted mi desgracia. Que ya verá lo que es bueno.
-Impertinente-le dijo la vecina- y se
agachó y le quitó las monedas.
Cuando se marchó, comenzó a reírse. Y
así pasaron las horas entre lamentos fingidos y risas ahogadas. Por la tarde
solo habían recogido doce euros. Ni para cubrir gastos, así que fueron a un
cajero y sacaron cuarenta euros.
-Solo esta noche y mañana a casa –le
dijo Julián mirándola serio.
-Ya veremos -dijo ella con desdén.
Habían pasado quince días con sus noches
durmiendo donde el Príncipe y todas ellas con jodienda y grititos.
Amargado él, feliz ella, porque notaba
rejuvenecer su cuerpo.
La calidad de vida del grupo tuvo un
inmejorable ascenso al “enganchar” la luz del piso del gitano a la del
matrimonio de falsos mendigos. Julián hizo un orificio donde sabía estaba el
contador e hizo un empalme con un cable. Así que disponían de agua caliente
para las duchas, pues el gitano adquirió un termo eléctrico, y bombillas de luz
para alumbrarse, abandonando los sucios candiles y las velas definitivamente.
Todos juntos formaban una gran familia,
feliz y compacta, todos menos Julián que mascaba ideas de venganza, y ya tenía
una en mente que podría funcionar.
Hasta
que llegó el día…
Como tantos otros, se recogían en el
piso sobre las diez. Ya les habían dado llave por lo que no tenían que esperar
a Miguel o a Manuel y Raquel. Esa noche de febrero era particularmente oscura.
Se acercaron a la puerta cuando Julián sintió en su espalda un objeto punzante
que le penetró débilmente como una aguja clavándose en la piel. A la mujer la
cogieron por el cuello y le taparon la boca. De un empujón los metieron en el
patio. No sabían quienes ni cuantos eran, pero seguro que al menos cuatro.
Hablaban en calé. A empujones y maldiciones les pidieron que indicaran la
guarida donde se escondía el Príncipe. Ascendieron en silencio hasta el piso,
aturdidos y asustados. Les quitaron las llaves y abrieron despacio. A Isabel la obligaron a darse a conocer.
–Ya estamos aquí-dijo para tranquilizar
al gitano.
En el recibidor los amordazaron y ataron
de pies y manos con rapidez, de espaldas el uno al otro, sin que ninguno ofreciera
resistencia. El gitano más joven de los cuatro se quedó vigilándolos. Entraron
los otros tres con las navajas en la mano. Escucharon el clic-clac de los muelles al abrirse y al Príncipe
dar gritos y maldiciones. Luego palabras ahogadas.
-Con esto ya estamos en paz- le dijo el
gitano más mayor metiendo la navaja ensangrentada en una faja enrollada en su
cintura. Tras unos momentos de silencio, se escuchó ruido de cajones al
salirse, vasos y platos rotos.
-Aquí está- dijo uno de ellos. – ¡joder
hay “muchísima pasta”¡
Salieron donde estaba el matrimonio
atado, con una caja metálica en las manos.
-Nunca pensé que el viejo hubiese podido
ahorrar tanto… y enseñó varios fajos de billetes de 500 euros.
Luego se marcharon a toda prisa. Se hizo
un silencio pegajoso e insoportable en el piso, los dos tumbados en el suelo
inmovilizados por las ataduras. Mudos por las mordazas y el miedo.
Transcurrida una hora aproximada
llegaron Miguel y Raquel con el niño. Se alarmaron al verlos de tal guisa. Les
quitaron las mordazas.
- El Príncipe, rápido- dijo Isabel
angustiada.
Miguel entró en el salón-comedor, mientras
Raquel los desataba.
-¡No, Dios mío, no¡
Vieron al gitano en el suelo, en medio
de un gran charco oscuro, medio coagulado. Sus últimas palabras las dijo entre
ahogos sanguíneos:
-Iros de aquí, puede que vuelvan a por
mis sobrinos, estáis en peligro -Luego dejó de respirar y su cabeza cayó hacia
un lado inerte, boqueando sangre.
Isabel y Raquel fundidas en un abrazo sollozaban. Julián y Manuel se
miraban el uno en los ojos del otro interrogándose en silencio.
-Debieron encontrarlo los Heredia.
-¿Los que lo buscaban por haber matado a su hijo por secuestrar a la
novia?
-Los mismos. Seguro. -Le dijo mirándolo extrañado de que conociera
tantos detalles.
-Me lo contó Isabel- se excuso- como dormía con el Príncipe… le hizo confidencias.
-Ya.- Y se sumió en un silencio embarazoso.
Lo miraba llenos sus labios mudos de preguntas sin respuesta. Sabía del
odio de Julián hacia el gitano. El corazón
se le encogió sin saber que hacer. Esperar, esperar a que llegara Miguel y
el Braulio con su primo. Se sentaron junto a la mesa.
Julián pensaba en como salir de aquel lío, en el que se había metido. La
policía comenzaría a desvelar con los interrogatorios sus falsas identidades y
que eran, en realidad vecinos muy pudientes. -“Vaya, vaya con la parejita de
jubilados, esto huele muy mal. Que los encierren en los calabozos hasta que
todo se aclare o canten. Es posible que tengamos a los posibles asesinos”.
Luego, todos encerrados juntos, las miradas inquisitivas de los otros, los
insultos por haberlos engañado… y todo lo demás.
Llegaron los que faltaban del grupo y se espantaron al ver aquel tumulto.
Todos mudos. Julián tristemente musitó:-Unos gitanos nos asaltaron en el patio.
Tendremos que irnos.
Isabel lo miró furiosa mientras susurraba entre dientes
-¿Y al Príncipe qué?, ¿que se lo coman las ratas? Habría que darle
sepultura.
-¿Dónde? –preguntó uno de los sobrinos.
-Lo llevaremos al campo en mi coche- dijo el marido.
-¿Tu coche?
-Si tengo uno aquí abajo. No os dije nada para que no me lo pidierais. Liarlo en una manta y ayudarme a bajarlo. Es
lo único que conservo de cuando tenía trabajo.
-Que raro me parece todo esto- musito otro de los sobrinos.
Entre los cuatro lo bajaron. Julián abrió el portamaletas y metieron al
viejo. Luego Braulio y su primo, Manuel, Miguel y Julián subieron al vehículo.
Todos lo miraban en un silencio acusador.
- Nos cogieron por la espalda y nos amenazaron. Nada pudimos hacer.
-¿Seguro que no tienes nada que ver? -Dijo ceñudo el Braulio- sacando la
navaja y poniéndosela en la garganta mientras le cogía por detrás del pelo.
-No, os lo juro por Dios. Mirar, me
pincharon con la navaja en la espalda.
Se levantó la camisa para demostrarlo y
miraron las gotas de sangre que señalaban en el punto de incisión.
En un descampado, a varios kilómetros de
la ciudad, bajo unos pinos enterraron al
gitano en silencio. Sin cruz, sin nada que delatara que había un muerto allí.
Una oración como despedida musitada por Manuel. Luego los dos primos sacaron
las navajas y en silencio rodearon a Julián. Lo cosieron a puñaladas. Y allí
quedo, abrazado e inerte, sobre la sepultura del Príncipe impregnando con su
sangre la tierra que al otro albergaba.
31-12-2015