EL PARADO
sábado 27
de abril de 2013
Jamas José
Antonio Alvarado podría haber pensado que una cosa así le ocurriría a él. Y mas
a los 50 años. Había quebrado la Caja de Ahorros en la que trabajaba. El drama
que se cernía sobre su familia, oscurecía las alegres esperanzas de una
jubilación temprana, ya que llevaba mas de treinta y cinco años de servicio.
Siempre habían vivido con holgura. Por ello compraron un buen piso, de cuatro
dormitorios y tres baños, con un excelente balcón chaflán a la Castellana, una
zona muy céntrica de la capital de
España.
Su mujer
vestía a la moda y en verano nunca faltaba un viaje de 15 días por el extranjero,
ya fuera crucero, ya circuito organizado.
Por ello,
no guardaban dinero. Vivían al día. Las tarjetas de crédito, facilitaban el
consumo y las compras. Pensaba que los ahorros, eran para los que vivían de
profesiones liberales o tenían negocio. No para los que tenían un sueldo
seguro.
Al cerrar
sus puertas definitivamente, pudo sacar todo el saldo de su cuenta que ascendía
a 1.589 €. Al menos no tenía deudas, pensó.
¿Pero como
pagaría los colegios de Maripili y Josemi que ya le costaban casi ese importe?.
Maripili una bonita rubia de 19 años cursaba el COU en las Escolapias, Josemi
de 21, estaba estudiando el tercer curso de veterinaria, en una universidad
privada.
Su esposa
María Pilar, de 46 años, aún de buen ver, iba dos veces por semana a la peluquería.
¿Qué harían
a partir de ahora? Lo primero apuntarse al paro. Tenía asegurados dos años. La
primera y desagradable sorpresa se la llevó cuando le dijeron que de los 3.000€
que cobraba nada. Nada de nada. Sobre 1.800€ y bajando cada equis tiempo.
Mª Pilar,
al llegar él a casa, se puso como una fiera a despotricar contra todo, incluído
él, por no ser previsor. Que si los políticos… que si los banqueros… que lo que
robaban todos…que si los impuestos…
Los
primeros tres meses fueron muy difíciles por el reajuste de los gastos. Fin a
los viajes. Peluquería cada 15 días. Buscó otra mas barata. Ante los vecinos el
disimulo, la pantalla, una sonrisa agridulce cuando les preguntaban ¿cómo os
va? –Tirando- decía José Antonio. Los chicos acabaron el curso, gracias a la
Visa.
Cuando
llevaba 6 meses en el paro, empezaron las devoluciones de recibos: el club de
tenis, la suscripción al periódico, los gastos de escalera, incluso devolvieron
el recibo del agua para ganar tiempo.
José
Antonio no había fallado un solo día en salir a buscar trabajo. Entraba
cabizbajo, los hombros caídos, desganado, arrastrando los pies. Mª Pilar ya no
le preguntaba. A veces, entraba en la habitación y lloraba desconsolada para
que su marido no la viera.
Con mas de
5 millones de parados ¿quién le iba a dar trabajo a su edad? Ademas todos los
bancos estaban despidiendo gente. Y no sabía otra cosa que hacer, pues era todo
lo que siempre había hecho.
Al año, Mª
Pilar, dejó de ir a la peluquería. Los chicos consiguieron becas pero en
universidades públicas, y aún así, todos los meses se llevaban sus estudios el
50% de los 1.500€ que cobraba el padre.
Realmente
era difícil vivir cuatro personas con 750 €. Mª Pilar hacía ya tres meses que
no había probado el jamón. Ahora mortadela y choper. Dos barras de pan al día.
Dos litros de leche. Huevos 8 por semana. Medio pollo al día, con muchas
patatas y mucho caldo Magi con cebolla. El papel higiénico se sustituyo por
hojas de publicidad cortadas en tiras de a palmo, que los hipermercados dejaban
puntualmente cada semana en los buzones y que Mari Pili, por la noche sustraía
a los vecinos.
José
Antonio, con las camisas raídas y los zapatos muy limpios, pero con medias
suelas, descubrió un invento para salir de casa hecho un dandi. Recortó los puños de su camisa blanca esmoquin, que
ya no se pondría y el cuello y la pechera. Luego se reservó un chaleco del
traje azul y una americana para salir. Se montaba el cuello y los puños sobre
las camisas viejas y nada mas llegar se los quitaba. Asi iba como de estreno.
El día 10
de cada mes, tras cobrar el paro, por la
noche hacían una reunión familiar. El padre, acostumbrado por los cursillos que
le habían dado en el banco sobre la consecución de ideas, hacía un
“breistorning” o “tormenta de ideas”,
para ver como podían ahorrar dinero y repartirlo en sobres. 90 de la luz, 50
del agua, 20 vuestras asignaciones mensuales, 18 el calcio de mamá, eso fijo.
Tendremos que pagar los 150€ de retraso que llevamos en la comunidad. 400 para
comer.
Fueron
pasando los meses y se acabaron los 1.200 € del paro. Le dieron el subsidio,
400€.
La reunión
de ese mes fue muy importante pues marcó un hito en la historia familiar. Se
acordó comprar una gallina e instalarla en el balcón. Comería peladuras de
patatas y lo que sobrara. Josemi apuntó maneras, al proponerse ir al mercado
dos veces por semana a pedir fruta pasada y verdura de desecho, para alimentar
al bicho. Maripili tuvo la brillante idea de ahorrarse los 18 € del calcio de
mama, pulverizando las cáscaras de los huevos que pusiera la gallina y tras
molerlos finos, darle el gramo diario que precisaba para la osteoporosis. Al
día siguiente la compraron. Por consenso decidieron llamarla Cocolisa.
¿Cómo se
sentían? Agobiados por el dinero escaso, algo desilusionados, pero mas unidos
que nunca. La clave del éxito pasaba por la madre, que los abrazaba y besaba
con mas frecuencia que antes y consolaba a José Antonio entre sus pechos cinco
veces por semana (cosa nada habitual, pues antes, cuando trabajaba solo lo
hacían los sábados por la noche). Ahora tras implantar las medidas de ahorro
energético, se apagaban todas las luces a las 12. Y todos a la cama. Eso si,
madrugaban para aprovechar las horas de luz que se iban haciendo escasas,
mediado ya el mes de octubre.
Noviembre
presentó dos novedades que se decidieron entre todos. Darle compañero a
Cocolisa para conseguir una pollada, pues Josemi no tenía dificultad para
conseguir fruta semipodrida y verdura pasada, que el animal comía mirándolos
agradecida y dándoles 6 huevos, de dos yemas, por semana como recompensa. Y así
lo hicieron. La otra novedad fue comprar una jaula para criar conejos. El
balcón era grande y cubrían el suelo con cartones que cambiaban con frecuencia,
para que los vecinos no protestaran por el olor.
A éstas
alturas, ya todos los vecinos sabían que Cocolisa era una mas de la escalera, y
daba ambiente festivo antes de poner el huevo con su canto escandaloso y feliz.
Nada mas ponerlo, Mª Pilar salía y cogiéndola en brazos le acariciaba el
cuello, lo que le procuraba, un inmenso placer a la gallina que bajando el tono
decía co, co, co, como si tartamuda quisiera decir su nombre.
El
miércoles llegó Josemi, que había sido nombrado oficialmente el jefe de la
granja, por su condición de veterinario, con un pollo gallardo de plumaje
níveo. Cocolisa se puso muy contenta y le dio tres o cuatro picotazos en el
cuello, para indicarle quien llevaba los pantalones en aquel balcón, desde el
que veía pasar la riada de coches que se dirigían al Paseo de la Castellana.
Esa noche,
durante la cena se debatió el nombre del pollo. Tuvo mayor aceptación el que
propuso José Antonio. Se llamaría Agapito, porque sugería “haga el pito” que
con el les daría pollitos. En efecto, al mes siguiente, se quedaron sin huevos
durante una semana, pues la Cocolisa se puso clueca y se sentaba sobre ellos
para darles calor. En ese periodo, aumentó la población animal del balcón con
una coneja a la que pusieron Bugs y un conejo, Boni, pues por analogía les
sugería a los famosos pistoleros Boni and Clide.
Para navidad
decidieron que Agapito, que se había hecho un gallo tremendo por la
sobrealimentación y la abundante fornicia, constituiría el cocino navideño,
junto a uno de los ocho conejos que había parido Bugs y ya estaban creciditos.
Tras la
pollada los 6 animalitos amarillos, dado
que hacía frío, los pusieron en una antigua pecera vacía ahora (se tuvieron que
comer los peces, una semana que estaban sin blanca), cerca de la mesa camilla,
para que estuvieran calentitos y se desarrollaran sin problemas.
Todos formaban
una gran familia. Aquellas navidades no pasaron hambre. E incluso cantaron
villancicos con pandereta y todo. Le daban gracias a Dios por tener aquel
balcón bendito, que sin proponérselo comenzó un próspero negocio.
Y todo fue
porque la vecina de la puerta 12, se quedó una noche sin huevos, tenía
invitados y fue a pedirle prestado a Mª Pilar. Esta, que se llevaba muy bien
con Matilde, la vecina, le dio tres.
–Te los
devuelvo mañana.
-Te lo
agradezco pero solo como huevos de Cocolisa, pues están mucho mejores que los
que venden.
Efectivamente
Matilde al ir a hacer esa noche la tortilla de patata, se llevó la sorpresa de
que cada huevo tenía dos yemas. La noticia corrió como la pólvora y varias
vecinas le propusieron que les vendiera huevos.
–También crío
conejos. -Ya sabeis, bien alimentados en casa y nada de pienso.
Recibió
varios encargos de conejos. Josemi no
privaba de zanahorias y nabos, amen de patatas y pieles de cebolla, así como
diferentes vegetales a los conejos.
El año
siguiente, el balcón se les quedó pequeño. Tenían 5 jaulas de conejas y un
macho que seguía siendo Clide. La producción de conejos fue tan amplia, que ya
no les ponían nombre. Tres meses y a la olla.
En abril
tuvieron superavit entre los ingresos y los gastos. La venta de conejos, pollos
y huevos les reportó 165€ ademas de
alimentar a la familia. Ya todos los del barrio se disputaban los huevos
de Cocolisa y los sustanciosos pollos que le nacían. Cocolisa era la matriarca
de 6 gallinas mas. Uno de sus hijos había sustituído a Agapito en la coyunda, y
la fertilizaba con mas facilidad que en las clínicas de inseminación in vitro
que proliferaban por todo Madrid.
En el
barrio fueron haciéndose famosos. Les pusieron de mote “La Granja del
Banquero”. Así, dos amigas departían en la acera y una se despedía de la otra
diciendo, me voy a la Granja del Banquero, antes que se le acaben los huevos.
Huevos grandes, de dos yemas, sabrosos, que llegaron a venderse a 50 céntimos
la unidad. Pollos mejor que los de corral, carne amarilla, sustanciosos.
Conejos que daban prestigio a las paellas dominicales como las “paellas de la
Granja del Banquero” y que se pusieron
de moda en la calle Velázquez y gran parte de la de Alcalá.
Jose Luis,
oliendo el negocio, compró paellas de distintos tamaños y varias botellas de
butano con ruedos. Sin darse cuenta todos los domingos vendían 70 u 80 raciones
de su famosa paella a10 € el plato.
En febrero
de aquel 2013, el consejo de familia hizo balance. Ademas del subsidio que
cobraba de 400 €, habían obtenido de la venta dominical de paellas 3.200€, de
la venta de huevos 75 , de la venta de conejos 200. Total, que a lo tonto
habían ingresado 3.685€, ademas de alimentarse con tan solo 200 € pues el resto
era comida “de casa”. Se felicitaron
efusivamente y el padre les enseñó la libreta del banco. Habían ahorrado 6.000
€. Nunca antes habían tenido una libreta con ese saldo. La madre se abrazaba a
los tres, dando besos y gracias a Dios y al Consejo de familia. El padre, como
ocurre en circunstancias extraordinarias, pidió la palabra. Silencio absoluto.
–Quería daros las gracias por todo vuestro esfuerzo. Porque cada uno ha dado lo
mejor de si mismo. Porque tengo dos hijos excepcionales y una mujer que no me
merezco. Recuerdo cuando perdí mi empleo. Estaba desesperado. Pensé incluso en
suicidarme. Sin embargo, ahora estoy contento de todo lo que pasó, pues somos
una familia mas unida que nunca. Todos sonreímos. Nos queremos. Y yo,
especialmente me divierto trabajando, cuando antes había caído en la rutina y
no tenía ilusión por el trabajo. Siempre con las presiones de mis jefes. Ahora
yo soy mi jefe. Igual que vosotros. Nuestro Consejo de Administración funciona.
Gracias a todos.
No pudo
evitar que dos lágrimas de emoción resbalaran por sus mejillas.
-Pero papa
no llores, le dijo Maripili dándole un abrazo.
-Lloro de
emoción hija. Nunca había estado tan feliz.
-Creo que
nos merecemos descorchar una botella de champagne.
-Yo bajo a
comprarla -dijo Josemi.
….
Tras
brindar y todos mas contentos se inició una animada tertulia.
Empezó a
picarles el gusanillo y tomaron varias
importantes y sabias decisiones:
En la
habitación que les sobraba podrían habilitar una máquina de pollos “al ast”
para rentabilizarlos mas. También harían conejos asados. Josemi, traería del
mercado, al que ya iba todos los días, 4 piernas y 4 paletas de cordero por semana para hacer al horno y
20 kilos de patatas de freir. Mª Pilar y Mari Pili se comprometieron a
encargarse de los asados, los sábados y domingos “previo encargo” . Junto con
la maquina de asar , pensaron en comprar un arcón congelador, para guardar las
paletillas y piernas de cordero, la nevera para las bebidas (fundamentalmente
latas) y el mostrador de acero para preparar los encargos. Todo fue adquirido al dueño de una tienda del barrio,
que había cerrado, por unos bien peleados 600€.
La
clientela fue en expansión. Todo “soto voce”, claro, pues era dinero negro. El
boca a boca, se susurraba, y corría mas que el mejor de los chismes. -Por favor
solo a los de confianza- les repetía Mª Pilar.
En marzo,
contando las paellas, los “pollos al ast”, los conejos asados, las paletillas y
las piernas de cordero, asi como las raciones de patatas a lo pobre con ajos
(muy mencionadas en las aceras del barrio) y los huevos. (los pollos y conejos
ya no se vendían si no eran asados, pues no daban abasto, salvo alguna
excepción) todo en su conjunto arrojo un beneficio de 5.500€. El padre de
familia felicitó a todos, por su labor y esfuerzo. Decidieron que ya iba siendo
hora de irse a comprarse ropa y renovar el armario. Todos juntos salieron
alegres de compras y por la noche llegaron al piso cargados de bolsas,
exhaustos, con una sonrisa en su rostro. Satisfacción de poder comprar,
sabiendo que el negocio funciona. Nada de tarjetas. Todo en efectivo. Decidieron
que la madre, bien se merecía ir una vez por semana a la peluquería (ella adujo
en su argumentación que tenía que estar presentable ante la exquisita clientela
que tenían) y se asignó a los “niños”
200 € al mes para sus gastos. Evidente era que dado el color del dinero,
seguían percibiendo la ayuda para estudios y José Antonio los 400€ del paro.
En abril,
la libreta de ahorros llegó a acumular 15.000 €. Y por ello se tomó la sabia
decisión de rentabilizar el dinero. Dejarían pequeñas cantidades a los vecinos
de confianza al 10% de interés. Máximo 500€, a devolver todo lo mas en un año
(los llamaron microcréditos) y solo para invertir en cosas rentables. Otras
vecinas y amigas, también con maridos en el paro o explotados por las exiguas
ofertas de trabajo, acudieron a una reunión que Mª Pilar y Jose Antonio
convocaron entre las vecinas de confianza. En total cuatro. Antonia Cifuentes,
(la vecina de la puerta dos) que había trabajado en una boutique del centro,
expuso su proyecto: diseñaría ropa haciendo los patrones en casa y cosería
vestidos copiados de los escaparates de las tiendas exclusivas que conocía.
Pidió un microcrédito para comprar una máquina de coser. Concedido, dijo José
Antonio. La vecina de la puerta 8, se ofreció a servir las comidas que hacían
ellos a domicilio por lo que quería adquirir
un ciclomotor de 2ª mano, que conduciría su hijo. Así mataba dos pájaros
de un tiro: lo empleaba para que se
ganase un dinerillo, en lugar de tenerlo ocioso y pedigüeño y le dejaría de dar
la tabarra con la moserga de que ya tenía 16 años, que todos sus amigos tenían
moto y que el siempre iba de “paquete”. Otro microcrédito. Concedido, dijeron
al unísono. La de la puerta 6, Carmiña, que era viuda y con escasa pensión, se
ofreció a alquilarles el balcón de su casa por 100€ al mes, para criar mas
pollos y conejos. Ella se encargaría de limpiar lo que se ensuciara. Les pidió
un microcrédito para comprarse una televisión de plasma por 500€ que les
pagaría con el alquiler de su balcón en 5 meses, aparte los intereses, claro.
Concedido. Teresa, que vivía en la finca de al lado pidió otro microcrédito
para comprar 2 literas, 4 mesas de estudio y 4 sillas , pues disponía de dos
habitaciones, y dado que tenía un estudiante alquilándole una habitación, y
éste siempre le insistía en que si podría tener a otros compañeros de estudios
de provincias. Ella le comentaba que tendría que comprar mas camas y muebles
pero que no tenía dinero. Decidió dar el importante paso, tomando como ejemplo
a sus admirados y emprendedores vecinos, de poner dos literas en la habitación
donde dormía el estudiante. Así podría alojar a cuatro en vez de uno. La otra
habitación sería la de estudio. En total ganaría con los inquilinos 600€.
Concedido.
Las vecinas
se despidieron tras firmar sus respectivos contratos de crédito y acordar el
tiempo del vencimiento. Todo eran risas y apretones de mano y besos. Decidieron
llamar a la empresa formada por toda la tropa “CORREFUR”.
Y aquí
termina la historia, que no termina, pues la vida continuaba, para aquella
especial familia, que un día entró en crisis al perder su empleo el “pater
familia”.
Si escribiera
5 años después, de esa familia, contaría que llegaron a alquilar 10 balcones,
que daban 1.000 raciones de paella entre sábados y domingos y que Cocolisa ya no seguía poniendo sus famosos huevos de
dos yemas, pero era la gran matriarca del corral, silencioso, tras operar
Josemi a las gallinas y gallos, de las cuerdas vocales, para no ser delatado al
fisco por la algarabía que se había ido formando en el numeroso gallinero.
Y que
cuando quedó vacío el piso estupendo de al lado, lo compraron a tocateja.
¿Total que eran 500.000 € para la familia Alvarado?.
Allí instalaron las oficinas del negocio de los microcréditos, donde José
Antonio contrató a un administrativo y una secretaria, para que lo ayudaran y
al que llamó Banca Coco, en honor a Cocolisa.
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