jueves, 3 de marzo de 2016

LA IRACUNDA DOCTORA BRAUN

Acudió a su despacho de la quinta planta de la enorme farmacéutica BAYER, era la Jefa del Laboratorio de Investigación y Desarrollo. Si le hubiésemos preguntado a ella nos diría que ganado justamente, si lo hiciéramos a los otros empleados, dirían que debido a sus malas artes.
Todo comenzó cuando obtuvo su primer empleo en la multinacional tras acabar la carrera de farmacia. Se trasladó a vivir a Basilea, ciudad industriosa suiza, desde su Zurich natal, pues allí estaba la fábrica.
Era políglota, hablaba y escribía perfectamente cuatro idiomas: francés, inglés, alemán e italiano. Si bien en su trabajo como farmacéutica no era una lumbrera, el conocimiento de las lenguas le abrió las puertas al ascenso, bueno, eso, su desaforada ambición y ciertas artes que dominaba, entre ellas la de hacer germinar la semilla de la duda en sus jefes, con respecto a los compañeros que le estorbaban.
Nadie comprendía que le había ocurrido al Dr. Otto Bauer el día que apareció muerto en el laboratorio. La autopsia reveló que falleció por una inyección de cianuro en el cuello. Se pensó en el suicidio, pero al no dejar nota y no existir motivo alguno para ello se iniciaron las oportunas diligencias policiales para esclarecer el suceso. Nunca se encontró al asesino pero soto voce se hablaba de que la autora de ese crimen no era otra que la Doctora Braun.
Casualmente el puesto del Doctor Bauer lo ocupó ella. Pruebas no se encontraron, sospechas si. Por ello odiaba a aquellos empleados que ella creía murmuraban. Y decidió tomar venganza en aquellos que supuso hicieron confidencias a la policía. Si, eran sobre todo Michael y Adolf, otros farmacéuticos que estaban en su departamento (antes del doctor Bauer).
Por ello, buscaba cualquier motivo para mortificarlos y herir su amor propio. Cuando iba a iniciar su ataque se le notaba porque se le formaba un rictus facial como de rabiosa. Era su secretaria personal la que en un momento de descuido dada la voz de alarma a los compañeros.
-Cuidado, está de uñas.
Al poco de iniciarse la mañana, por cierto preciosa, de aquel mes de mayo soleado y templado se la vio salir del despacho mirando hacia donde ellos estaban inmersos en sus tubos de ensayo. No la vieron hasta que asomó su cabeza entre ambos y les dijo:
-Tengo que hablar con ustedes. Venga primero usted- y apuntó con su largo y fino dedo, acabado en una uña pintada de rojo, larga y algo curva, a modo de hoja de bisturí manchada de sangre, al señor Adolf Meisner. Este miró a su compañero trasmitiéndole su temor. La siguió obediente y quedó en pie ante ella, con los ojos bajos en señal de sumisión.
-¿Porqué no avanza la investigación del Servidol? ¿No es usted el responsable? Pensaba que habíamos contratado a personal competente. Espero una explicación, y que sea convincente.
-Doctora Braun,  ya sabe que el diseño del nuevo fármaco pasa por conservar las tres cadenas de radicales CH3 que son los que le dan la propiedad que buscamos al medicamento, sin embargo con tres radicales precipita y lo hemos probado todo, hasta polimerizarlo sin resultado. Ahora estamos intentándolo con un isómero. No es tan fácil como supusimos en un principio, las pruebas experimentales no se pueden iniciar todavía en humanos, lo estamos haciendo en la fase del proceso LAMD con conejos.
-Es usted un incompetente señor Meisner, estoy segura que si contratáramos a algún recién licenciado encontraría la solución. La directiva me está agobiando pidiéndome resultados y ustedes solo hacen que parasitar al Laboratorio y sacarle la sangre.
-Pero doctora eso no es cierto, todos los días nos estamos quedando a trabajar cinco horas extras después de terminar nuestro turno y no hemos pasado ninguna al servicio de personal. Nuestro prestigio está en juego.
-Voy a recomendar su despido y el de su compañero por incompetentes, ya no puedo seguir prestándoles cobertura. Dígale a su compañero que venga cuando salga usted.
El farmacólogo salió cabizbajo, con los puños apretados, estaba seguro que ella no habría progresado ni la décima parte de lo que ellos dos lo habían hecho.  No comprendía por qué la había tomado con él, quizá porque sabía que le hacía sombra.  Sus enormes conocimientos en el laboratorio de todas las técnicas, su capacidad investigadora y portentosa inteligencia era un arma letal para ella. Se mostraba retraído, serio, acataba sus órdenes sin sentido que entorpecían el desarrollo del trabajo, solo por el hecho de demostrarles quien mandaba allí. Le hablaba con un aire prepotente, con una mezcla de desdén y furia contenida que rebelaba en la comisura de sus labios convertidos en un rictus y en el brillo maligno de sus ojos, excesivamente maquillados para su gusto.
Desde que inventaron la fórmula del Servidol estaba imposible. Todo eran zancadillas. Incluso le había llamado el Director General para preguntarle porque no avanzaba el diseño del nuevo medicamento y que era esperado ansiosamente en el mercado por no tener competencia. Necesitaban una fuente alternativa de ingresos pues los otros medicamentos debían luchar con los de otros laboratorios. El Servidol sería el que los hiciera despegar de aquella guerra sin cuartel en la que andaban metidos contra los laboratorios de la competencia. Y le habían informado que el escaso y lento progreso no avanzaba por su culpa.
Supo enseguida quien era la que lo había acusado pues llevaba su sello, lo había delatado la doctora Braun. Se sentía ofendida porque supuso que el interrogatorio al que la sometió la policía era fruto de la murmuración de Michael y Adolf. Ellos eran los responsables de que sospecharan. Y no se lo podía permitir. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos no había logrado que los despidieran. Necesitaba deshacerse de ellos pero ¿cómo?
Pensaba en su despacho dando golpecitos en su cabeza con un lápiz ¿cómo? Y no se le ocurría una respuesta. Si muriesen como había ocurrido con el doctor Otto Bauer las sospechas se cebarían en ella y no podía permitirse el lujo de incitar a la policía a que la acosaran. Por ello estaba furiosa contra aquellos dos pues la habían señalado, gracias a Dios, sin aportar pruebas, meros indicios. Intentó hacerlos sentir incómodos, los apremiaba, les trataba con desprecio, pero ellos no se daban por aludidos, es mas habían redoblado sus esfuerzos y la fórmula estaba progresando. Sabía que cuando dieran con la solución su puesto de Jefa peligraría de nuevo. No, no podía dejar que aquellos dos malditos cerebrines le quitaran la poltrona y el mando, que la volvieran a enviar a algún departamento de menor responsabilidad.
Llevaba días urdiendo la venganza pero todo tenía que encajar para que las pruebas de la muerte de Meisner llevaran hacia su compañero Michael.

Aquella noche se vistió de negro, se enfundó en un traje de neopreno que marcaba su fina y grácil silueta y salió de su casa con una bolsa deportiva también oscura. Cogió el coche y desde dentro del garaje salió a la oscura noche. Sabía cual era su destino, sabía cual era su misión. Su ceño fruncido, preocupado pero resuelto así lo demostraba con los precisos movimientos de sus manos al volante. Pasadas unas dos horas fue al laboratorio. Subió sigilosa y depositó algo dentro del cajón de la mesa de Michael. Luego esbozó una sonrisa y como una gata sigilosa salió sin ser vista, o al menos eso creyó.
Michael se extraño al no ver a su compañero cuando llegó al trabajo, era muy puntual. Pasaron varias horas y no llegó. Preguntó por él pero nadie sabía nada. Nada hasta que uno de los empleados dijo que la policía acababa de llegar y estaban en el despacho de la Doctora Braun. ¿Tendría algo que ver?
Miraba con insistencia a la puerta intentando averiguar que había ocurrido. Meisner no había aparecido pero si la policía. La cosa olía mal. Y peor cuando varios agentes les indicaron que dejaran sus puestos de trabajo y fueran a la cafetería pues tenían que hacer un registro.
A las dos horas un policía asomó por la puerta y dijo su nombre.
-Acompáñeme por favor.
Lo miró extrañado y le preguntó que ocurría.
-Eso nos lo tendrá que decir usted en comisaría.
-¿Yo? ¿Por qué?
-Siento no poder darle mas detalles, tras el interrogatorio ya sabrá de que se trata, si no lo sabe ya.
-Lamento indicarle que desconozco el motivo que tienen para llevarme a Comisaría. ¿tiene algo que ver con el Doctor Adolf Meisner?
- Si y con su muerte.
-¿Cómo? ¿Es que ha muerto?
-Me imaginaba que usted podría darnos alguna pista. Era su compañero y confidente.
Una tormenta se desató en su interior, Adolf muerto y debía haberle ocurrido algo espantoso para que fuera la policía la que se ocupase de ello. Sin saber cómo ni porque, le pasó fugaz en su cerebro como un destello en el que aparecía la cara sonriente de la doctora Braun bronqueando e intentando ridiculizar a Adolf.

Cerró la puerta de su despacho. Cuando se vio sola esbozó una sonrisa de triunfo. Las cosas marchaban según lo previsto, a Michael lo habían retenido en comisaría por sospechoso pues habían encontrado en su cajón un pañuelo manchado con grasa. Había sido buena idea cortarle los frenos. Se lo imaginó cayendo rodando con su coche por la profunda garganta que lo llevaría hasta el Laboratorio y que terminaba en el Rhin. El coche tragado por las aguas. Eliminado y sin pistas. Tardarían en encontrar el coche sumergido y el imbécil de Michael estaría una temporada entre rejas hasta que pudiera demostrar que nada tenía que ver. Se había quitado a dos impertinentes que podían arrebatarle su puesto. Ese puesto que se merecía ella y solo ella. Pero no comprendía como sus superiores tenían tanto empeño en terminar el diseño del Servidol, ese que ellos estaban elaborando y que de no haberlo impedido, en unos seis meses estaría terminado y puesto en la fase experimental. Sabía que cuando eso ocurriera ella sería desplazada por uno de los dos investigadores pues realmente no tenía ni idea de cómo se hacía una fórmula tan compleja y que funcionara provocando su efecto curativo.
No quería dejar tras si a nadie mas competente que hiciera peligrar su bien pagado puesto de Jefa del Departamento de investigación.
Mientras, en la sala de interrogatorios el interrogatorio no avanzaba. Michael no sabía nada de aquel pañuelo manchado de grasa. Desconocía quien lo habría puesto allí, pero sospechaba de una persona y se lo dijo al inspector.
-Investiguen a la doctora Braun, debe ser cosa suya. ¿Porqué iba yo a eliminar a mi amigo y compañero Adolf? Trabajábamos juntos en el ambicioso proyecto del Servidol y sin él las cosas se me ponen realmente difíciles. La única persona que puede beneficiarse de que el proyecto se detenga es ella. Ya ocurrió cuando apareció muerto el Dr. Otto Bauer, gracias a aquel triste suceso la pusieron en su puesto. Es una mujer recelosa, siempre llena de rabia, nos trata injustamente y lo único que le importa es medrar en la empresa.
-Ya lo hemos hecho y nada indica que pudiera estar implicada. Tiene unas buena coartada, esa noche estaba en su domicilio como corroboró el portero del edificio del turno de noche.
-¿Han mirado las cámaras de seguridad del garaje de su casa y de la del Dr. Adolf Meisner?
-No ¿por qué deberíamos hacerlo?
-Porque podrían comprobar si salió con su coche durante la noche y se dirigió al garaje de mi colega.
-¿Y usted que cree que ocurrió?
-Bueno no es muy difícil de deducir. Si han encontrado en mi cajón un pañuelo con grasa industrial es fácil que provenga del motor de algún coche. No me extrañaría que lo hubiera manipulado.
-Sabe usted demasiado del accidente. Aún no hemos encontrado el cadáver ni su vehículo y desconocemos como ha muerto. Solo sabemos que su vehículo no está en el garaje, que salió a la hora acostumbrada hacia el laboratorio según nos dijo su esposa y que allí no está.
De momento permanecerá en el calabozo hasta que podamos esclarecer éste asunto.
-Les recuerdo que tengo derecho a un abogado y que no pueden retenerme mas de tres días. Ademas también podría tratarse de un accidente fortuito.
-Está bien, le dejaremos hacer una llamada. Hable con quien quiera.
La policía estaba rastreando la carretera que conducía hasta el laboratorio y habían encontrado una zona de la ladera de la montaña que presentaba las huellas de un vehículo que había caído por allí. Habían avisado a los bomberos que se disponían a bucear en el río para buscar el coche.
Cuando lo sacaron con la grúa no encontraron el cadáver del conductor, pero el coche era del farmacéutico desaparecido. Quizá había intentado salir y la corriente lo habría arrastrado. Su búsqueda podría alargarse varios días hasta encontrar su cuerpo. La inspección del coche reveló que alguien había manipulado los frenos cortando parcialmente el líquido de frenos. Cuando lo perdió todo el conductor ya no pudo frenar y en aquella curva cerrada se había salido al no poder controlar el vehículo.
Con Michael encerrado, la doctora Braun se dirigió al despacho de su superior para comunicárselo. Era sospechoso de la muerte de Adolf y quien sabe si también de Otto.
-Gracias doctora, lo que me cuenta es realmente preocupante. No se que vamos a hacer sin esos dos. De momento el proyecto se tendrá que paralizar.
Ella le sonrió sibilina y se despidió. Había conseguido neutralizar a esos que podrían superarla y ocupar su puesto. Ya nadie se interponía entre ella y su trabajo. Se sentía eufórica, satisfecha y pensó cuan inteligente era. Se merecía una celebración por todo lo alto pero revisando su libreta de direcciones no encontró a ningún amigo. Realmente estaba sola. ¿Por qué le sucedía eso? No podía intimar con los hombres, parecía que le tenían miedo y con ninguno llegó a tener mas allá de dos o tres citas a pesar de ofrecerle su cuerpo y hacerle pasar un buen rato.
-Da igual lo celebraré sola.
Realmente nadie quería estar en su entorno. Los compañeros de trabajo le tenían miedo. Se había ganado la fama de cruel y déspota.
Era bien parecida, atractiva, gozaba de un buen puesto de trabajo, dinero y posición sin embargo la rehuían. Y los otros hombres solo la habían utilizado, luego con excusas se alejaban de ella. Ella que rea encantadora cuando quería serlo. Pero no se daba cuenta que su forma de ser oprimía y daba miedo a sus compañeros de cama y a los posibles candidatos para el altar. Se mostraba generosa, les hacía costosos regalos y nada había funcionado. Realmente los hombres eran unos imbéciles al desperdiciar una ocasión tan extraordinaria de poder disfrutar de su compañía.
Tras cinco días de rastrear el Rhin encontraron hinchado su cuerpo sin vida. No pudo demostrarse que el asesino fuera su compañero y al igual que en el extraño asesinato del Doctor Bauer.
El caso quedó abierto pero no pudieron detener a nadie. Las sospechas apuntaban a la doctora Braun pero ninguna prueba podía implicarla. Al doctor Michael Flaturm debieron dejarlo libre, cuando volvió al laboratorio tuvo que enfrentarse con ella. La entrevista fue ácida, ella se mostraba agresiva y le lanzó varias indirectas sobre la muerte de Adolf. Tuvo que morderse la lengua para no decir lo que pensaba, hubiera sido peor. Volvió al laboratorio y tras analizar las notas de Adolf prosiguió con sus investigaciones sobre el nuevo fármaco. Sabía que le costaría mucho mas tiempo acabar el diseño pues si la valiosa ayuda de su compañero el trabajo avanzaría lentamente. Tan lentamente que sus superiores le pusieron un ayudante de prestigio. Gracias a ello en diez meses el trabajo avanzó pero dado que sospechaba que si le mostraba los resultados a la doctora Braun su vida peligraría decidió saltarse el escalafón y fue a hablar directamente con el Director General.
-Sé que si sigo presentando mis resultados a mi directora mi vida correrá serio peligro, por ello le ruego no le informe de que estado aquí, si le parece le ire informando a usted de los avances. Le rogaría pusiera vigilancia en mi domicilio y que alguien me acompañara hasta que termine mi investigación. De lo contrario no le garantizo que pueda terminarlo pues alguien podrías intentar deshacerse de mi.
El Director General se quedó pensativo. Todo aquello le provocaba un profundo malestar pero no podía despedir a la Directora del Departamento. Encontró al fin la solución. La hizo llamar.
-Doctora Braun, he estado pensando en usted para un ascenso, controla muy bien sus responsabilidades pero necesitamos una persona enérgica y con sus cualidades, que hable inglés y alemán para nuestra fábrica en Washington. La voy a destinar allí con el puesto de Subdirectora General. ¿Está satisfecha?
-Pero señor Director, mi vida está en Suiza, mi familia, amigos, tendré que empezar de cero otra vez, pero si eso es lo que ha pensado le agradezco que haya pensado en mi. Se despidió con una sonrisa, amarga y ácida y salió.
¡Maldita sea se ha deshecho de mi el muy cabrón¡ Me las pagará. Y salió del despacho indignada.
Aquella mañana su secretaria sufrió otra de aquellas mañanas de ira y furia de su jefa que acabó haciéndola llorar.
Antes de terminar la jornada se presentó el inspector en su despacho. Se la llevaron esposada.
El doctor Michael Flaturm se les acercó y mirándole le preguntó
-¿Porqué la detienen?
-Tenía usted razón, las cámaras de su garaje y las de la vivienda del doctor Adolf Meisner captaron la matrícula del coche de la doctora Braum saliendo de su casa y llegando a la de él. Será acusada de asesinato con premeditación y alevosía.

Cuando pasó entre los empleados que formaron un pasillo hasta la puerta todos  le fueron haciendo un corte de mangas.
En su rostro congestionado por la ira se veía la sed de venganza. Un rictus facial de rabiosa impotencia la acompañó hasta la puerta.

Aquel día se celebró una fiesta en aquel departamento.

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