LA
IRACUNDA DOCTORA BRAUN
Acudió a su despacho de la
quinta planta de la enorme farmacéutica BAYER, era la Jefa del Laboratorio de
Investigación y Desarrollo. Si le hubiésemos preguntado a ella nos diría que
ganado justamente, si lo hiciéramos a los otros empleados, dirían que debido a
sus malas artes.
Todo comenzó cuando obtuvo
su primer empleo en la multinacional tras acabar la carrera de farmacia. Se
trasladó a vivir a Basilea, ciudad industriosa suiza, desde su Zurich natal,
pues allí estaba la fábrica.
Era políglota, hablaba y
escribía perfectamente cuatro idiomas: francés, inglés, alemán e italiano. Si
bien en su trabajo como farmacéutica no era una lumbrera, el conocimiento de
las lenguas le abrió las puertas al ascenso, bueno, eso, su desaforada ambición
y ciertas artes que dominaba, entre ellas la de hacer germinar la semilla de la
duda en sus jefes, con respecto a los compañeros que le estorbaban.
Nadie comprendía que le
había ocurrido al Dr. Otto Bauer el día que apareció muerto en el laboratorio.
La autopsia reveló que falleció por una inyección de cianuro en el cuello. Se
pensó en el suicidio, pero al no dejar nota y no existir motivo alguno para
ello se iniciaron las oportunas diligencias policiales para esclarecer el
suceso. Nunca se encontró al asesino pero soto
voce se hablaba de que la autora de ese crimen no era otra que la Doctora
Braun.
Casualmente el puesto del
Doctor Bauer lo ocupó ella. Pruebas no se encontraron, sospechas si. Por ello
odiaba a aquellos empleados que ella creía murmuraban. Y decidió tomar venganza
en aquellos que supuso hicieron confidencias a la policía. Si, eran sobre todo
Michael y Adolf, otros farmacéuticos que estaban en su departamento (antes del
doctor Bauer).
Por ello, buscaba cualquier
motivo para mortificarlos y herir su amor propio. Cuando iba a iniciar su
ataque se le notaba porque se le formaba un rictus facial como de rabiosa. Era
su secretaria personal la que en un momento de descuido dada la voz de alarma a
los compañeros.
-Cuidado, está de uñas.
Al poco de iniciarse la
mañana, por cierto preciosa, de aquel mes de mayo soleado y templado se la vio
salir del despacho mirando hacia donde ellos estaban inmersos en sus tubos de
ensayo. No la vieron hasta que asomó su cabeza entre ambos y les dijo:
-Tengo que hablar con
ustedes. Venga primero usted- y apuntó con su largo y fino dedo, acabado en una
uña pintada de rojo, larga y algo curva, a modo de hoja de bisturí manchada de
sangre, al señor Adolf Meisner. Este miró a su compañero trasmitiéndole su
temor. La siguió obediente y quedó en pie ante ella, con los ojos bajos en
señal de sumisión.
-¿Porqué no avanza la
investigación del Servidol? ¿No es usted el responsable? Pensaba que habíamos
contratado a personal competente. Espero una explicación, y que sea
convincente.
-Doctora Braun, ya sabe que el diseño del nuevo fármaco pasa
por conservar las tres cadenas de radicales CH3 que son los que le dan la
propiedad que buscamos al medicamento, sin embargo con tres radicales precipita
y lo hemos probado todo, hasta polimerizarlo sin resultado. Ahora estamos
intentándolo con un isómero. No es tan fácil como supusimos en un principio,
las pruebas experimentales no se pueden iniciar todavía en humanos, lo estamos
haciendo en la fase del proceso LAMD con conejos.
-Es usted un incompetente
señor Meisner, estoy segura que si contratáramos a algún recién licenciado
encontraría la solución. La directiva me está agobiando pidiéndome resultados y
ustedes solo hacen que parasitar al Laboratorio y sacarle la sangre.
-Pero doctora eso no es
cierto, todos los días nos estamos quedando a trabajar cinco horas extras
después de terminar nuestro turno y no hemos pasado ninguna al servicio de
personal. Nuestro prestigio está en juego.
-Voy a recomendar su despido
y el de su compañero por incompetentes, ya no puedo seguir prestándoles
cobertura. Dígale a su compañero que venga cuando salga usted.
El farmacólogo salió
cabizbajo, con los puños apretados, estaba seguro que ella no habría progresado
ni la décima parte de lo que ellos dos lo habían hecho. No comprendía por qué la había tomado con él,
quizá porque sabía que le hacía sombra.
Sus enormes conocimientos en el laboratorio de todas las técnicas, su
capacidad investigadora y portentosa inteligencia era un arma letal para ella.
Se mostraba retraído, serio, acataba sus órdenes sin sentido que entorpecían el
desarrollo del trabajo, solo por el hecho de demostrarles quien mandaba allí.
Le hablaba con un aire prepotente, con una mezcla de desdén y furia contenida
que rebelaba en la comisura de sus labios convertidos en un rictus y en el
brillo maligno de sus ojos, excesivamente maquillados para su gusto.
Desde que inventaron la
fórmula del Servidol estaba imposible. Todo eran zancadillas. Incluso le había
llamado el Director General para preguntarle porque no avanzaba el diseño del
nuevo medicamento y que era esperado ansiosamente en el mercado por no tener competencia.
Necesitaban una fuente alternativa de ingresos pues los otros medicamentos
debían luchar con los de otros laboratorios. El Servidol sería el que los
hiciera despegar de aquella guerra sin cuartel en la que andaban metidos contra
los laboratorios de la competencia. Y le habían informado que el escaso y lento
progreso no avanzaba por su culpa.
Supo enseguida quien era la
que lo había acusado pues llevaba su sello, lo había delatado la doctora Braun.
Se sentía ofendida porque supuso que el interrogatorio al que la sometió la
policía era fruto de la murmuración de Michael y Adolf. Ellos eran los
responsables de que sospecharan. Y no se lo podía permitir. Sin embargo, a
pesar de todos sus esfuerzos no había logrado que los despidieran. Necesitaba deshacerse
de ellos pero ¿cómo?
Pensaba en su despacho dando
golpecitos en su cabeza con un lápiz ¿cómo? Y no se le ocurría una respuesta.
Si muriesen como había ocurrido con el doctor Otto Bauer las sospechas se
cebarían en ella y no podía permitirse el lujo de incitar a la policía a que la
acosaran. Por ello estaba furiosa contra aquellos dos pues la habían señalado,
gracias a Dios, sin aportar pruebas, meros indicios. Intentó hacerlos sentir
incómodos, los apremiaba, les trataba con desprecio, pero ellos no se daban por
aludidos, es mas habían redoblado sus esfuerzos y la fórmula estaba
progresando. Sabía que cuando dieran con la solución su puesto de Jefa
peligraría de nuevo. No, no podía dejar que aquellos dos malditos cerebrines le
quitaran la poltrona y el mando, que la volvieran a enviar a algún departamento
de menor responsabilidad.
Llevaba días urdiendo la
venganza pero todo tenía que encajar para que las pruebas de la muerte de
Meisner llevaran hacia su compañero Michael.
Aquella noche se vistió de negro,
se enfundó en un traje de neopreno que marcaba su fina y grácil silueta y salió
de su casa con una bolsa deportiva también oscura. Cogió el coche y desde
dentro del garaje salió a la oscura noche. Sabía cual era su destino, sabía
cual era su misión. Su ceño fruncido, preocupado pero resuelto así lo
demostraba con los precisos movimientos de sus manos al volante. Pasadas unas
dos horas fue al laboratorio. Subió sigilosa y depositó algo dentro del cajón
de la mesa de Michael. Luego esbozó una sonrisa y como una gata sigilosa salió
sin ser vista, o al menos eso creyó.
Michael se extraño al no ver
a su compañero cuando llegó al trabajo, era muy puntual. Pasaron varias horas y
no llegó. Preguntó por él pero nadie sabía nada. Nada hasta que uno de los
empleados dijo que la policía acababa de llegar y estaban en el despacho de la
Doctora Braun. ¿Tendría algo que ver?
Miraba con insistencia a la
puerta intentando averiguar que había ocurrido. Meisner no había aparecido pero
si la policía. La cosa olía mal. Y peor cuando varios agentes les indicaron que
dejaran sus puestos de trabajo y fueran a la cafetería pues tenían que hacer un
registro.
A las dos horas un policía
asomó por la puerta y dijo su nombre.
-Acompáñeme por favor.
Lo miró extrañado y le
preguntó que ocurría.
-Eso nos lo tendrá que decir
usted en comisaría.
-¿Yo? ¿Por qué?
-Siento no poder darle mas
detalles, tras el interrogatorio ya sabrá de que se trata, si no lo sabe ya.
-Lamento indicarle que
desconozco el motivo que tienen para llevarme a Comisaría. ¿tiene algo que ver
con el Doctor Adolf Meisner?
- Si y con su muerte.
-¿Cómo? ¿Es que ha muerto?
-Me imaginaba que usted
podría darnos alguna pista. Era su compañero y confidente.
Una tormenta se desató en su
interior, Adolf muerto y debía haberle ocurrido algo espantoso para que fuera
la policía la que se ocupase de ello. Sin saber cómo ni porque, le pasó fugaz
en su cerebro como un destello en el que aparecía la cara sonriente de la
doctora Braun bronqueando e intentando ridiculizar a Adolf.
Cerró la puerta de su
despacho. Cuando se vio sola esbozó una sonrisa de triunfo. Las cosas marchaban
según lo previsto, a Michael lo habían retenido en comisaría por sospechoso
pues habían encontrado en su cajón un pañuelo manchado con grasa. Había sido
buena idea cortarle los frenos. Se lo imaginó cayendo rodando con su coche por
la profunda garganta que lo llevaría hasta el Laboratorio y que terminaba en el
Rhin. El coche tragado por las aguas. Eliminado y sin pistas. Tardarían en
encontrar el coche sumergido y el imbécil de Michael estaría una temporada
entre rejas hasta que pudiera demostrar que nada tenía que ver. Se había
quitado a dos impertinentes que podían arrebatarle su puesto. Ese puesto que se
merecía ella y solo ella. Pero no comprendía como sus superiores tenían tanto
empeño en terminar el diseño del Servidol, ese que ellos estaban elaborando y
que de no haberlo impedido, en unos seis meses estaría terminado y puesto en la
fase experimental. Sabía que cuando eso ocurriera ella sería desplazada por uno
de los dos investigadores pues realmente no tenía ni idea de cómo se hacía una
fórmula tan compleja y que funcionara provocando su efecto curativo.
No quería dejar tras si a
nadie mas competente que hiciera peligrar su bien pagado puesto de Jefa del Departamento
de investigación.
Mientras, en la sala de
interrogatorios el interrogatorio no avanzaba. Michael no sabía nada de aquel
pañuelo manchado de grasa. Desconocía quien lo habría puesto allí, pero
sospechaba de una persona y se lo dijo al inspector.
-Investiguen a la doctora
Braun, debe ser cosa suya. ¿Porqué iba yo a eliminar a mi amigo y compañero
Adolf? Trabajábamos juntos en el ambicioso proyecto del Servidol y sin él las
cosas se me ponen realmente difíciles. La única persona que puede beneficiarse
de que el proyecto se detenga es ella. Ya ocurrió cuando apareció muerto el Dr.
Otto Bauer, gracias a aquel triste suceso la pusieron en su puesto. Es una
mujer recelosa, siempre llena de rabia, nos trata injustamente y lo único que
le importa es medrar en la empresa.
-Ya lo hemos hecho y nada
indica que pudiera estar implicada. Tiene unas buena coartada, esa noche estaba
en su domicilio como corroboró el portero del edificio del turno de noche.
-¿Han mirado las cámaras de
seguridad del garaje de su casa y de la del Dr. Adolf Meisner?
-No ¿por qué deberíamos
hacerlo?
-Porque podrían comprobar si
salió con su coche durante la noche y se dirigió al garaje de mi colega.
-¿Y usted que cree que
ocurrió?
-Bueno no es muy difícil de
deducir. Si han encontrado en mi cajón un pañuelo con grasa industrial es fácil
que provenga del motor de algún coche. No me extrañaría que lo hubiera
manipulado.
-Sabe usted demasiado del
accidente. Aún no hemos encontrado el cadáver ni su vehículo y desconocemos
como ha muerto. Solo sabemos que su vehículo no está en el garaje, que salió a
la hora acostumbrada hacia el laboratorio según nos dijo su esposa y que allí
no está.
De momento permanecerá en el
calabozo hasta que podamos esclarecer éste asunto.
-Les recuerdo que tengo
derecho a un abogado y que no pueden retenerme mas de tres días. Ademas también
podría tratarse de un accidente fortuito.
-Está bien, le dejaremos
hacer una llamada. Hable con quien quiera.
La policía estaba rastreando
la carretera que conducía hasta el laboratorio y habían encontrado una zona de
la ladera de la montaña que presentaba las huellas de un vehículo que había
caído por allí. Habían avisado a los bomberos que se disponían a bucear en el
río para buscar el coche.
Cuando lo sacaron con la
grúa no encontraron el cadáver del conductor, pero el coche era del
farmacéutico desaparecido. Quizá había intentado salir y la corriente lo habría
arrastrado. Su búsqueda podría alargarse varios días hasta encontrar su cuerpo.
La inspección del coche reveló que alguien había manipulado los frenos cortando
parcialmente el líquido de frenos. Cuando lo perdió todo el conductor ya no
pudo frenar y en aquella curva cerrada se había salido al no poder controlar el
vehículo.
Con Michael encerrado, la
doctora Braun se dirigió al despacho de su superior para comunicárselo. Era
sospechoso de la muerte de Adolf y quien sabe si también de Otto.
-Gracias doctora, lo que me
cuenta es realmente preocupante. No se que vamos a hacer sin esos dos. De
momento el proyecto se tendrá que paralizar.
Ella le sonrió sibilina y se
despidió. Había conseguido neutralizar a esos que podrían superarla y ocupar su
puesto. Ya nadie se interponía entre ella y su trabajo. Se sentía eufórica,
satisfecha y pensó cuan inteligente era. Se merecía una celebración por todo lo
alto pero revisando su libreta de direcciones no encontró a ningún amigo.
Realmente estaba sola. ¿Por qué le sucedía eso? No podía intimar con los
hombres, parecía que le tenían miedo y con ninguno llegó a tener mas allá de
dos o tres citas a pesar de ofrecerle su cuerpo y hacerle pasar un buen rato.
-Da igual lo celebraré sola.
Realmente nadie quería estar
en su entorno. Los compañeros de trabajo le tenían miedo. Se había ganado la
fama de cruel y déspota.
Era bien parecida,
atractiva, gozaba de un buen puesto de trabajo, dinero y posición sin embargo
la rehuían. Y los otros hombres solo la habían utilizado, luego con excusas se
alejaban de ella. Ella que rea encantadora cuando quería serlo. Pero no se daba
cuenta que su forma de ser oprimía y daba miedo a sus compañeros de cama y a
los posibles candidatos para el altar. Se mostraba generosa, les hacía costosos
regalos y nada había funcionado. Realmente los hombres eran unos imbéciles al
desperdiciar una ocasión tan extraordinaria de poder disfrutar de su compañía.
Tras cinco días de rastrear
el Rhin encontraron hinchado su cuerpo sin vida. No pudo demostrarse que el
asesino fuera su compañero y al igual que en el extraño asesinato del Doctor
Bauer.
El caso quedó abierto pero
no pudieron detener a nadie. Las sospechas apuntaban a la doctora Braun pero
ninguna prueba podía implicarla. Al doctor Michael Flaturm debieron dejarlo
libre, cuando volvió al laboratorio tuvo que enfrentarse con ella. La
entrevista fue ácida, ella se mostraba agresiva y le lanzó varias indirectas
sobre la muerte de Adolf. Tuvo que morderse la lengua para no decir lo que
pensaba, hubiera sido peor. Volvió al laboratorio y tras analizar las notas de
Adolf prosiguió con sus investigaciones sobre el nuevo fármaco. Sabía que le
costaría mucho mas tiempo acabar el diseño pues si la valiosa ayuda de su
compañero el trabajo avanzaría lentamente. Tan lentamente que sus superiores le
pusieron un ayudante de prestigio. Gracias a ello en diez meses el trabajo
avanzó pero dado que sospechaba que si le mostraba los resultados a la doctora
Braun su vida peligraría decidió saltarse el escalafón y fue a hablar
directamente con el Director General.
-Sé que si sigo presentando
mis resultados a mi directora mi vida correrá serio peligro, por ello le ruego
no le informe de que estado aquí, si le parece le ire informando a usted de los
avances. Le rogaría pusiera vigilancia en mi domicilio y que alguien me
acompañara hasta que termine mi investigación. De lo contrario no le garantizo
que pueda terminarlo pues alguien podrías intentar deshacerse de mi.
El Director General se quedó
pensativo. Todo aquello le provocaba un profundo malestar pero no podía
despedir a la Directora del Departamento. Encontró al fin la solución. La hizo
llamar.
-Doctora Braun, he estado
pensando en usted para un ascenso, controla muy bien sus responsabilidades pero
necesitamos una persona enérgica y con sus cualidades, que hable inglés y
alemán para nuestra fábrica en Washington. La voy a destinar allí con el puesto
de Subdirectora General. ¿Está satisfecha?
-Pero señor Director, mi
vida está en Suiza, mi familia, amigos, tendré que empezar de cero otra vez,
pero si eso es lo que ha pensado le agradezco que haya pensado en mi. Se
despidió con una sonrisa, amarga y ácida y salió.
¡Maldita sea se ha deshecho
de mi el muy cabrón¡ Me las pagará. Y salió del despacho indignada.
Aquella mañana su secretaria
sufrió otra de aquellas mañanas de ira y furia de su jefa que acabó haciéndola
llorar.
Antes de terminar la jornada
se presentó el inspector en su despacho. Se la llevaron esposada.
El doctor Michael Flaturm se
les acercó y mirándole le preguntó
-¿Porqué la detienen?
-Tenía usted razón, las
cámaras de su garaje y las de la vivienda del doctor Adolf Meisner captaron la
matrícula del coche de la doctora Braum saliendo de su casa y llegando a la de
él. Será acusada de asesinato con premeditación y alevosía.
Cuando pasó entre los
empleados que formaron un pasillo hasta la puerta todos le fueron haciendo un corte de mangas.
En su rostro congestionado
por la ira se veía la sed de venganza. Un rictus facial de rabiosa impotencia
la acompañó hasta la puerta.
Aquel día se celebró una
fiesta en aquel departamento.
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